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Full text of "Federico Rivero Scarani 2007 Cuentos Completos"

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F€D€RICO RIV€RO SCRRRNI 


CU6NTOS 

COMPLETOS 




CUENTOS 


COMPLETOS 


Be/Ve - Para la Biblioteca electrónica de Vintén 
editor - Monevideo-Uruguay — Noviembre de 2007 




Obra publicada del poeta 


La lira, el cobre y el Sur (1993) 
Ecos de la Estigia (1998) 
Atmósferas (2000) 
Synteresis perdida (2005) 
Cuentos completos (2007) 


Federico Rivero Scarani 


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editor — Monevideo-Uruguay — Noviembre de 2007 



Federico Rivero Scoroni 


Cuentos 

completos 



Vintén Editor 


Be/Ve - Para la Biblioteca electrónica de Vintén 
editor - Monevideo-Uruguay — Noviembre de 2007 



© Federico Rivero 
© Vintén Editor 

Ilustración de tapa: 

Damián Ibarguren 

ISBN: 978-9974- 7961-5-7 
Depósito Legal: 339.074/2007 
Impreso en Impresora de los Pocitos 
Hocquart 1771 - Tel. 209 02 23 

www.vinten-uy.com 

Montevideo - Uruguay 
Abril de 2007 

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El imponderable Señor Azul 


No sé ni cuándo vino ni por qué. Preguntarse esto 
es valorar el tiempo y el hecho acontecido en ese tiem- 
po. Es por ese motivo que comenzaré a narrar la his- 
toria en cuestión, tratando de ser lo más fiel a lo acon- 
tecido a pesar de ciertas lagunas mentales sufridas. 

Tomando un largo café con el Sr. Bordoli durante una 
fría tarde de junio, entablamos una animada conversa- 
ción sobre diversos temas. El lugar era acogedor, y éra- 
mos pocos los que nos encontrábamos ahí. Los afiches y 
los cuadros sobre la pared inducían a una sugestión in- 
efable en mi espíritu, que sino era de desagrado tampo- 
co era de alegría ni muchos menos. El Sr. Bordoli, de 
más de sesenta años y de un garbo envidiable, pasó rá- 
pidamente de una conversación a otra; el tono de su voz 
había cambiado, era grave y pausado, lo que me llevó a 
prestar más atención a sus palabras. 

—Yo experimenté un inmenso desagrado y a la vez 
una fascinación tentadora aunque me contuve por te- 
mor.-, expresó fríamente mirándome a los ojos. 

— ¿Qué fue lo que experimentó? 

— El encuentro con el Señor Azul. — me respondió 
quizás con un dejo de temor y admiración a la vez. 

— ¿Y quién es ese Señor Azul? 

— Es indefinible, diría que estrambótico. Una "per- 
sona" que espero nunca más volver a ver. 

— Le hizo pasar un mal rato. 

— ¡Peor que eso! Me quitó las ganas de vivir; y si 
vivo es por puro instinto de conservación. Debí refu- 

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giarme durante años en la psiquiatría, me fui curando 
pero con el riesgo de perder la razón, no solo por el 
encuentro, sino por la desconfianza que despertaba 
en los profesionales de la salud. 

— ¿Me quiere contar la historia?-, le pregunté con 
curiosidad nada disimulada. 

— Si está dispuesto a tomar otro café conmigo lo 
haré, pero con la condición además de que no me haga 
ningún juicio mientras hable, ni tampoco me interrum- 
pa. Después piense lo que se le antoje, no mitigue el 
desprecio y la burla si lo desea. 

Accedí escuchar la historia del encuentro y fue así 
que comenzó. 

En el invierno acostumbraba a pasar varios días 
en una casa que tengo en un balneario , pero no fui 
más después del encuentro con el Señor Azul. Me 
gustaba sentarme al lado de la estufa con el fuego ar- 
diendo sobre un trafoguero mientras bebía un cognac 
escuchando a Vivaldi. Adoraba el Invierno de las Cua- 
tro Estaciones, en tanto el mar y el viento rugían afue- 
ra envolviendo el paisaje de eucaliptos y pinos. Una 
tarde me excedí con el cognac trayéndome como con- 
secuencia una borrachera inmunda que casi me lleva 
al vómito. Me dormí, o mejor dicho, me desmayé en 
el sillón al lado del fuego crepitante. Cuando desper- 
té del letargo le resaca me hería las sienes y el espíri- 
tu; intenté levantarme para beber agua pero no pude, 
y fue en ese momento de enferma voluntad donde es- 
cuché un zapateo en la cocina, luego unos pasos que 
se acercaban y finalmente una figura toda de azul, 
camisa, corbata, pantalones y zapatos, ¡y también la 

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cara, el pelo y el bigotito!, ¡y hasta los dientes se deja- 
ban ver azules desde una sonrisa cínica!, pero lo peor 
eran los ojos de un azul profundo y malignos que me 
miraban con reproche y sarcasmo. 

— ¿Qué hacés, viejito?-, dijo su voz gangosa-. ¡Te 
pasaste de la raya, perejil! 

— ¿Quién es usted?-, le pregunté con la lengua tra- 
bada y reseca. 

— ¿Quién soy?, ¡y que te importa quien sea, zapa- 
to! Igual me voy a presentar-, y comenzó a zapatear 
sacando no sé de dónde un bastón blanco y grueso 
son el que me pegó en una rodilla. Grité del dolor y 
me dijo que no fuese cobarde, que un hombre ni grita 
ni llora por un simple y maldito golpe en la rodilla. 
Me enfurecí y la resaca se me fue casi de golpe, pero me 
calmó a prepo amenazándome con el bastón blanco. 

— ¡No te sulfures, pituco, que te voy a decir por 
qué estoy acá! Deberías saber a tu edad que "la gloria 
es el sol de los muertos" (Balzac) y estás ahí echado 
como un sapo en el paso sin hacer nada, y no es que 
ignores que la pereza es un pecado porque lo sabés 
más que yo; deberías tener en cuenta que en la vida 
"Taciti, soli, sanza compania/ n'andavam l'un dinanzi 
e 1' altro dopo/ come i f rati minor vanno per via" . (Can- 
to XXIII, Infierno, Divina Comedia de Dante Alighieri: 
"Callados, solos, sin compañía, íbamos el uno detrás 
del otro como frailes menores por sus caminos"). ¡Y 
no te hacés problemas, claro, si la copa te quita la sole- 
dad! O te la trae como si fuese una muleta. ¡La disfru- 
tas, viejito glotón, porque el pobrecito sufrió tanto...!, 
"Tu as souffet de l'amour a vingt et á trente ans... e tu 
bois cet alcohol brülant comme ta vie, ta vie que tu 

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bois comme eau-de-vie". ("Has sufrido de amor a los 
veinte y a los treinta años ... y tú bebes este alcohol 
ardiente como tu vida, tu vida que bebes como si fue- 
ra aguardiente", Apollinaire, Zona). ¿No, mi querido?. 


Luego de esta larga cháchara e incomprensible me 
acercó el rostro azul a mi cara abriendo la boca de len- 
gua azul y me mordió la mejilla con sus diente azules 
y no me soltó por un buen rato. 

— ¿Pero estás loco o endemoniado, mamarra- 
cho? —le grité tomándome la cara y con la intención 
de partirle la botella por la crisma; pero fue tan rá- 
pido y hábil que me tomó la botella y la partió con- 
tra la estufa avivando el fuego con el resto de líqui- 
do, con el pico de la botella se me acercó amenazán- 
dome y canturreando "Living la vida hermosa, li- 
ving la vida hermosa, ¿olé!" Buscó un silla y se sen- 
tó cruzando las piernas frente a mí. No me dejaba 
levantarme del sillón, así que tuve que quedarme 
postrado escuchándolo. 

— Nacés, vas a la escuela, crecés y comenzás a tra- 
bajar; te fornicás a la mujer que te pasa al lado, ¡as- 
querosa concupiscencia!, te jubilás, envejecés, te em- 
borrachás y te... ¡morís!, jajajajajajajarajaja, y rellenás 
todo ese tiempo con habladurías, consumiendo con- 
fort, criando los berretines de tus hijos, pagando cuen- 
tas etcétera, etcétera. ¡Y no te jugaste jamás por nada! 
"Questo misero modo/ tegnon 1' anime triste di colo- 
ro/ che visser sanza infamia e sanza lo do" ("Esta 
mísera suerte sufren las almas tristes de aquellos que 
torpemente vivieron sin vituperio ni alabanza". Can- 
to III, Infierno, Divina Comedia, Dante) 


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— ¿y usted quién es para venir a juzgarme sin co- 
nocerme? ¿De dónde salió? Supongo que de un tarro 
de pintura. 

— ¡Exacto! Soy un genio moderno y por eso vine a 
cumplirte tres deseos que son: molerte a palos, arran- 
carte los pocos pelos que te quedan, y llevarte atado a 
un asilo. 

— Usted esta muy mal, mister Blue, en serio se lo 
digo; su facha lo dice todo: pintado y vestido de azul, 
¡¿Cómo entró a mi casa?! 

— Por algo llamado puerta mientras dormías la 
mona. ¿Acaso te olvidaste cuando prometiste aquella 
vez, desesperado por tu hijo accidentado, que serías 
capaz de vender tu alma? Pues te digo que ya lo hicis- 
te, yo no la compré sino que vos la vendiste. Y ahora 
estoy acá para recordártelo. "¡Cuán por encima de to- 
das la riquezas está la prudencia!" (Tiresias, " Antígo- 
na", Sófocles) y de esa virtud de las virtudes no tenés 
la menor idea. - En ese momento saltó del asiento y se 
puso a representar una farsa mezclándola con un za- 
pateo de music hall. 

— ¡Usted está hablando estupideces! Jamás prometí 
nada, y si lo hubiera hecho no vendí ni un átomo de 
mi alma y pongo a dios por testigo. 

— "No tomes en vano el nombre de Yavé, tu Dios, 
porque Yavé no dejará sin castigo a aquel que toma su 
nombre en vano", (Exodo, 20:7). Circunspecto y bur- 
lón deteniéndose con talante grave en tanto se retor- 
cía el bigotito azul. 

— ¡Por favor déjese de citar y de hablarme en otro 
idioma! Quiero saber qué lo trajo hasta aquí; yo no 
molesté a nadie ni me metí en casa ajena. Le suplico, 

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de verdad, que me ahorre el sufrimiento que me está 
causando. 

— ¡Ah, no no no no no! Usted se equivoca, doctor; 
usted está envilecido y eso es una enfermedad, yo soy 
el médico. ¡Alégrese que vengo a curarlo!- Y diciendo 
esto comienza de nuevo a bailotear, a saltar, tomó un 
charango que estaba colgado en la pared y lo rasgó 
sacando atroces sonidos infernales que me taladraban 
la cabeza. Nuevamente comenzó a canturrear. 

— "Yo soy el tenebroso, el viudo, el desdichado,/ 
el aquitanio príncipe de la torre sombría./ Mi sola es- 
trella ha muerto; mi laúd constelado/ ostenta el ne- 
gro sol de la melancolía" (Gérard de Nerval) 


Parecía que sus palabras también eran azules como 
sus manos y todo ese rostro estirado y bufonesco. Le 
supliqué que parara, que se detuviera en su loca pala- 
brería y gestualidad, pero era en vano; dejaba el 
charango y tamborileaba sobre la mesa con el bastón 
y la mano, cruzaba las piernas constantemente mien- 
tras cantaba sin fin el estribillo. 

— "Y he cruzado dos veces el agua del Aquerón". 
(Gerard de Nerval) Me has dejado solo como un cabe- 
llo en el peine -, y reía la estupidez que le salía de la 
boca azul. 

— No seas tímido, vení a divertirte, ¿o acaso nece- 
sitas otra botellita, mamón? Te voy a contar la historia 
de ropero glotón y del bombón eléctrico. Resulta que 
una vez un ropero ... 

— ¡Cállese, demente! - grité como energúmeno y 
quise levantarme, pero el Sr. Azul fue tan rápido que 
me atajó por los hombros empujándome hacia atrás 

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con tal fuerza que casi vuelco el sillón con mi caída. 

— Usted no está en condiciones de exigir nada: 1- 
tiene derecho a guardar silencio porque lo que diga 
podrá ser usado en su contra, 2- si no tiene un aboga- 
do mejor porque no sirven para nada, 3- el Estado le 
brindará uno, si usted lo suplica, para que lo enloquez- 
ca, 4- "Los cuatro puntos cardinales son tres: norte y 
sur", (Vicente Huidobro). 

Comencé a llorar como un chiquilín; era tan gran- 
de la angustia y la desesperación que no podía repri- 
mir el llanto; sin embargo no impidió que me siguiera 
torturando con palabras y gestos. Era una maldición, 
una pesadilla de nunca acabar; creí que me estaba vol- 
viendo loco cuando de pronto se hizo silencio. El Sr. 
Azul no estaba, se había esfumado con rapidez. Ob- 
servé alrededor y no lo vi. Me levanté del sillón tras- 
tabillando y me dirigí a la cocina, tampoco lo encon- 
tré. Suspiré profundamente aliviado. Cuando volví al 
lado de la estufa tambaleándome lo encontré sentado 
en el sillón. 

— "Veritas non est vernilis (La verdad no es ser- 
vil)- dijo con parquedad. Y continuó: Soy lo que soy, 
una fiebre, un trastorno, una alucinación, un enigma 
que nace de tu cerebro. Se nace hormiga, o paloma, o 
medusa; se nace hombre y por qué no nacer como en- 
tidad superior? Siéntese, por favor. Hay pájaros que 
parasitan a otros pájaros, el tordo, por ejemplo. Y el 
hombre no debe extrañarse de tal conducta, sea de un 
animal o de una planta. El león mata los cachorros 
para que la hembra entre en celo. Son irracionales. Sin 
embargo el hombre se distingue de ellos aunque asu- 
miendo conductas similares. Un sistema político o eco- 
nómico es una abstracción, pero las consecuencias de 

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los mismos se perciben. Durante milenios el hombre 
abusó de su prójimo, y lo sigue haciendo son la ilu- 
sión, creada por el sistema, de que ahora se vive his- 
tóricamente mejor que siglos anteriores. La comodi- 
dad y el confort embrutecen tanto como la ignoran- 
cia, de hecho es una clase de ignorancia refinada. Las 
alas de las mariposas en Pekín provocan huracanes 
en la Florida; esto ilustra que todo está intrarelaciona- 
do. Un atentado en Londres mata decenas de perso- 
nas, a los días significativamente, en Pakistán, mue- 
ren centenares de personas por el choque de trenes; 
¡vaya casualidad, los terroristas eran de origen pakis- 
taní! Otro caso: hacen estallar un misil en un asteroide 
con el objetivo de "estudiar" ciertas reacciones, como 
si las potencias humanas fueran análogas a las de una 
piedra que flota en el espacio; unos días después un 
cometa cae aquí en el río a unos centenares de kilóme- 
tros. El dedo toca el péndulo y éste se mueve; y a ve- 
ces con esto no alcanza; intentan tocar el péndulo den- 
tro de cincuenta años, a partir de ahora se planifica, se 
estudia, se observa, se calculan probabilidades y se 
construye un modelo de futuro para ser aplicado en 
próximas décadas. El poder del capital se invierte en 
nuevas probabilidades de vida para sí mismo; se cons- 
truirá para un sistema dominante y no para el hom- 
bre. El símbolo se lo tragará. Millones de seres huma- 
nos ignoran el movimiento de hilos y quiénes lo ma- 
nejan. La realidad se va construyendo al ritmo del lá- 
tigo de los poderosos; guerras étnicas, guerras econó- 
micas nacen del mismo germen. El dominio y el po- 
der se construyen paralelamente a la realidad, ¿acaso 
no existe otra alternativa de realidad?. No me pongo 
metafísico. Res rei. El instinto de supremacía junto al 

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de conservación hacen que muchos se mantengan de 
pie sobre la humanidad de tantos. El hombre actual 
extingue a su hermano como lo hizo el cromagnon con 
el neanderthal, pestes elaboradas en laboratorios es- 
telares, división entre los pueblos, hambre fomen- 
tada y mientras la hipnosis de la información en alu- 
des no permite procesar ni reflexionar nada; se multi- 
plica hasta la ene potencia creando un noctambulismo 
que lleva a la rutina e impide un instante de reflexión 
sobre "cómo estoy parado en el mundo" o "adonde 
voy con tanta prisa; y se cercena la espiritualidad, esa 
vitalidad anímica que, aliada a la imaginación, hace 
que el hombre sea un ser humano. Al no haber espiri- 
tualidad ni imaginación la persona se anquilosa y sa- 
tisface sus deseos precarios o naturales por medio de 
la adquisición simbólica del consumismo. ¿Y la insa- 
tisfacción? Cuando se tienen todas las necesidades 
básicas satisfechas, al costo del trabajo, de los hora- 
rios y del rumor de la "máquina", algún vacío queda 
por llenar. Ese vacío está insatisfecho, y podrías satis- 
facerlo con las bellezas del arte o de la naturaleza, o 
con una buena comida, o con un reloj; pero cuando 
ese monstruo no se satisface con nada, ni material ni 
emocional, ¿qué queda? Un desde frustrado que aca- 
rrea, en ocasiones, la ira, o un hambre feroz de poseer 
algo, apropiárselo, como si la cosa o el objeto tuviesen 
alma para bebería igual que un licor. Por eso la cons- 
tante búsqueda de satisfacción y de hedonismo sino 
deviene la frustración. Quizás sea esa la meta del hom- 
bre en esta tierra, su objetivo primordial, su quin- 
taesencia. Es posible que la suma de voluntades, que 
de hecho están dirigidas y digitalizadas, sea esa bús- 
queda de lo inefable que en definitiva no es más que 

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un puzle de infinitas cosas materiales y emocionales. 
¡Vaya el libre albedrío! Cada persona , como tú, tiene 
su puzle y jamás lo logran armar. Los desdichados, 
los olvidados y postergados de alguna manera tam- 
bién lo tienen a menor escala. Y esa entelequia deno- 
minada humanidad conforma un gran rebaño dirigi- 
do por voces del poder, por signos producidos por 
este y por tradiciones anquilosadas. Toda la aventura 
del hombre se resume en la constante búsqueda que 
equilibra y desequilibra, y en este vaivén den vueltas 
bajo la sombra del árbol del Ciencia para el Bien o para 
el Mal. Aquella serpiente es el gran símbolo de la in- 
satisfacción humana durante aquel tiempo sin tiempo 
en el que se hablaba directamente con Dios y este res- 
pondía. Con el lenguaje dado como don el hombre 
hablo directamente con Dios, pero también habló y 
escuchó a la serpiente, es decir, se escuchó a sí mismo 
aún desconociendo su innato deseo de poseerlo todo. 
Ya Babel habría sido el prístino intento de globaliza- 
ción, sed ira dei terminó con el magno proyecto de 
soberbia, el pecado más de moda. La vanidad, que 
refleja el autoengaño de la ignorancia, la ceguera de 
la vanidad. 


Ahora que te observo mientras te hablo, aprecio 
que tu gesto se ha demudado pasando de la crispa- 
ción a la tolerancia atenta de mis palabras. Creiste que 
por ser yo una quimera no podía hablar con cierto tono 
de seriedad, más allá de mis estultos conceptos, al me- 
nos me reconozco como una entidad con falencias. Y 
te diré, además, que desconfío de los virtuosos, -sufi- 
ciente don es una virtud, porque cuando muchas se 
tienen se mezclan entre ellos haciéndose oscuras y 

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turbias. Descubrir tu virtud se asemeja a los dones de 
las Hadas de las que escribió Baudelaire; se nace con 
uno y se lo lleva siempre aun en las peores tormentas 
emocionales Descúbrelo y serás otro hombre. No te 
confiaré , porque no estás apto pues desconoces las 
negras puertas de diamante, de cual región proven- 
go. Deberás, si quieres, dilucidarlo por tus propios 
medios, y ni aún con la mejor buena voluntad, creo, 
en lo personal, que descubrirás dicha región vedada a 
la gran mayoría de los hombres. No estamos solos en 
el mundo, y no es una frase manida; se está solo cuan- 
do la voluntad se enferma, o la tristeza embarga, cuan- 
do la insatisfacción corroe el tuétano y el espíritu (y 
no olvides que este es parte del alma junto con la me- 
moria, la voluntad y el entendimiento, sus tres poten- 
cias) El quid estriba en mantener la armonía, como 
una dulce melodía, y es tarea ardua. No soy un filóso- 
fo ateniense, pero los conocí y dieron mucho que ha- 
blar. Lo voy dejando, mi buen señor, y espero no 
haberlo trastornado. 

— Mientras largaba su discurso no paraba de mo- 
ver sus piernas cruzándolas de acá para allá; en un 
momento escuché un ruido en la cocina y me di vuel- 
tas, fue en ese momento que el Sr. Azul se esfumó por 
la estufa. Desde ese momento nunca más lo vi. Se de- 
tuvo dejándome impávido, confuso y sobretodo dife- 
rente. Su presencia me cambió; su último discurso me 
llevó a la reflexión, que aún hoy la practico porque 
fueron muchas idea que me lanzó y que yo descono- 
cía. Tuve que ponerme a estudiar nuevamente para 
comprender algo. 

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El Sr. Bordoli encendió un cigarrillo y aspiro con 
ganas. Me mantuve callado un par de minutos y lue- 
go agregué. 

— Fue una experiencia de pesadilla si "realmente" 
sucedió. ¿Quién era el Sr. Azul? 

— Quizás un ángel, quizás un demonio, o ambas 
cosas Tiene derecho a no creerme, resulta tan invero- 
símil. 

— Desde luego que sí, afirmé. 


Nos despedimos hasta un próximo encuentro; tal 
vez tuviera que agregar algo más a este estrafalaria 
historia, o probablemente no se refiriera más a ella. 
La cuestión es que cada vez que me siento en mi sillón 
solo temo por la aparición del Sr. Azul. Ahora que voy 
terminando de contar esta historia en base a lo que 
me confesó mi amigo, acabo de escuchar una risa en 
la cocina, y percibo una sombra, y esa sombra es azul. 


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«La verdadera historia de James Cook 

Y DEL POLEN DE VENUS» 

por George Vancouver 
(1757-1798, compañero de Cook). 


«My grandfather went down with the Montevideo 
the rising sun sent him floating to his rest 
and his ivife fled south to Sidney seeking out safe liarbour 
a north. Shore matron she became with s orne paying guests". 

In the Valley, Midnight Oil. 


I 

Contaré una historia que no está registrada en la 
Enciclopedia Británica: hacia finales del siglo XVIII de 
Nuestro Señor Jesucristo, Australia había sido visita- 
da por los ingleses; el continente inspiró a Swift para 
sus viajes de Gulliver donde Liliput aparece como una 
landa diminuta después del naufragio. 

En 1769 (Vivaldi había muerto 28 años antes pero 
sus sinfonías perduraban en los conciertos) la Royal 
Society de Londres motivó un viaje hacia el sur con el 
objetivo de ver el probable paso de Venus por delante 
del Sol; comentaban los astrónomos que ese hecho es- 
telar podría promover una nueva era para la humani- 
dad; cierto es que hubo astrólogos que vaticinaron un 
diluvio de flores porque Venus enamoraría al Sol se- 
duciéndolo con su fulgor. El Almirantazgo equipó al 
Endeavour para que los observadores pudieran reco- 
ger muestras del polen cósmico y trazar geometrías 
náuticas y estelares. 

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El programa fue confiado a James Cook, navegan- 
te distinguido y excelente cartógrafo del reino; había 
elaborado mapas de las costas norteamericanas y como 
Teniente de Navio tuvo las siguientes instrucciones: 
observar el paso de Venus, realizar los descubrimien- 
tos correspondientes, y en la conjunción Venus-Sol 
redactar un informe sobre el amor entre las esferas flo- 
tando en la oscuridad del mar del sur, sería El Ensayo. 

Partió el Endeavour y el paso de Venus fue obser- 
vado por decenas de ojos que lloraron porque recor- 
daban sus amores allá, en la Isla de Brumas Eternas, 
James Cook continuó hacia el sur pero Australia, sos- 
pechosa isla de centauros, no aparecía en el horizonte 
líquido; poniendo proa a Nueva Zelanda desembarcó 
explorando las tierras desconocidas. Los marinos co- 
mentaban que Venus se había enamorado de la Luna 
y que desde el cielo austral las estrellas seducían como 
las sirenas. Cook trazó mapas febriles, recorrió valles 
y playas, montes y ríos junto a sus hombres que 
ansiaban el polen estelar que aún no había llovido, 
supuestamente. 

Debido a esas circunstancias abandonaron en mar- 
zo de 1770 Nueva Zelanda. Tomaron rumbo al oeste. 
Un mes después en alta mar, durante la madrugada, 
el vigía divisó la costa de Nueva Holanda, es decir, 
querido público que callao está con esta fantástica his- 
toria, Cook y los suyos llegaron a la misteriosa Aus- 
tralia. Pero el Endeavour siguió su ruta hacia el norte, 
buscando el polen estelar venusino que los astrólogos 
dijeron que caería desde el cielo de Venus. Sin embar- 
go el .sábado 30 de abril, en un día dulce y otoñal, 
anclaron en la bahía Botany Bay. Escribe Cook en su 
diario de viaje: "La gran cantidad de plantas que en 

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este lugar encontraron Mr. Bonks y el Dr. Solander 
moviéronme a llamarle Botany Bay". De todas mane- 
ras el polen que se esperaba en Londres con avidez no 
fue encontrado. 

La crónica continúa diciendo: "En los bosques pu- 
lulan aves de excepcional belleza, principalmente pa- 
pagayos (...), en la superficie de estos bancos de arena 
y barro se hallan ostras, caracoles marinos y otros 
lamelibranquios, principal alimento de los indígenas. 
(...) Todos los habitantes que vimos iban completamen- 
te desnudos, no pudimos establecer con ellos ningún 
vínculo". Una semana estuvieron en Botany Bay, mien- 
tras tanto los marinos comenzaban a preocuparse por 
no poder encontrar el elixir del polen venusino. 

Siguieron dirección norte durante cuatro meses na- 
vegando con dificultades climáticas por costas desco- 
nocidas, pero por sobre todo por un ideal que los ha- 
cía delirar de fiebre cuando bogaban en la tarde gris 
sin viento. La dieta principal fue el canguro. James 
Cook, leal a su majestad el Rey Jorge III de la casa real 
Hannover (perdió las colonias inglesas de América), 
bautizó islas, golfos y bahías, puertos y montes, y sien- 
do fiel regresó a Inglaterra sin el polen estelar pero con 
cartografías que le servirían para su próximo viaje. 


II 

Lector fiel, no te miento en lo más mínimo, quiero 
que sepas que esta aventura no termina acá, pero per- 
míteme beber un trago de vino, ¡ah!, ¡cómo quisiera 
que fuera polen de Venus!; pero continuemos: Entre 
1772 y 1774 James Cook concretó la segunda expedi- 

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ción al Sur para aclararles a las autoridades si Tasma- 
nia era isla o parte de un continente ignoto austral. 
Salteemos algunas aventuras que duraron meses, es 
mi intención ser sincero: el argumento manejado ofi- 
cialmente ocultaba lo mismo del principio; ¡qué im- 
portaba si Tasmania era isla o nido de demonios!, ¡lo 
importante era el elixir, el maná, la supuesta lluvia de 
flores que acaeció y que ni resto de pétalos dejaron! 
Importaba para el comercio y para el placer de las elites 
esa ambrosía que cayó del cielo. Y era Cook el único 
que lo sabía a pesar de ciertas sospechas por parte de 
la tripulación. 

En agosto de 1773 llegaron a Tahití. Cook define 
aquel día desde el navio Discovery de la siguiente 
manera: "Una mañana tan bella que difícilmente sa- 
bría pintarla un poeta, divisamos la isla de Tahití (...) 
El viento del este había amainado. Una leve brisa que 
soplaba de tierra nos traía fragancias magníficas y 
vivificantes y rizaba la superficie del mar (...) Al poco 
rato toda la orilla aparecía ocupada por una gran 
multitud que miraba hacia nosotros, mientras otros, 
fijados en la concertada paz, echaban los botes al agua 
cargándolos con productos del país". Fue así que los 
indígenas se acercaron a las naves, se admiraron por 
la blancura de las pieles a pesar del yodo y del sol y 
abrían las vestiduras para confirmar que los ingleses 
eran como ellos. Un nauta sajón dijo que las profecías 
eran reflejos del espejo del tiempo, y miró hacia el cie- 
lo como un teólogo. 

El tercer viaje, 1776 a 1778, Cook continuaba en el 
Discovery escoltado por el Resolution; se dirige a 
Hawai; allí lo esperaba la muerte; ¿y el polen?, se pre- 
guntaban marinos desgreñados e hirsutos, y también 

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lo hacían los aristócratas ávidos de salir de su condi- 
ción frígida y estatuaria. 

Fue esto lo que pasó en Hawai, público paciente: 
unas canoas se acercaron al Discovery y Cook detuvo 
el buque; llegando al barco muchos indígenas subie- 
ron a bordo, - Cook y sus tripulantes creyeron intuir 
que traían en su alfarería el polen estelar; - según las 
señales y los gestos de los lugareños indicaron que los 
blancos ya habían estado allí. La cosa parecía cierta 
porque algunos indígenas mostraban síntomas de en- 
fermedades venéreas. 

Leeré un fragmento de crónica del Capitán: "Nos 
detuvimos y proseguimos nuestro comercio con la po- 
blación indígena hasta las cuatro de la tarde. Era im- 
posible mantener a las mujeres lejos de a bordo y nin- 
guna de cuantas encontré eran menos recatada. 
Parecióme evidente que visitaban únicamente para 
prostituirse". Comenzaron los hurtos por parte de los 
indígenas (dije alienígenas, aliud fuerunt, perdón si lo 
menté así); estos provocaron reyertas con los marinos, 
la cosa se puso fea y violenta como tropezón descalzo 
sobre las rocas con mejillones. Quisieron irse los in- 
gleses pero una tempestad shakeasperiana los obligó 
a hacer puerto. Los isleños se dividieron en dos fac- 
ciones: los que relacionaban a los blancos con un ori- 
gen divino, y aquellos más realistas, quizás, que los 
veían como simples bandoleros. 

Bajo la constelación de León nórdico en 1779 un 
grupo de isleños impidió que los marineros barbudos 
y sedientos fuesen a buscar agua en tierra, otros a bor- 
do del Discovery se convirtieron en reos por latroci- 
nio, fueron castigados con el embargo de sus botes; 
sin embargo un bote del navio de Cook fue robado, el 

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cielo aquella noche prometía reventar en relámpagos. 
Cook tomó rehenes y bajando a tierra quiso persuadir 
al rey quien había mantenido una relación amistosa, 
pero que, envenenado por los jefes subalternos, se 
mantuvo austero. Dialogaron diciendo: 

— Majestad, hemos venido por el Polen de Venus; 
desde hace diez años que lo venimos buscando, ya que 
se supone, según nuestros magos, que llovió por lati- 
tudes que quizás vosotros conocéis. ¿Sabéis algo de 
este enigma. Soberano? - Preguntó Cook sudando y 
con los ojos encendidos. 

— No, Capitán, eso que buscan sobre las olas y bajo 
el cielo es algo que está en vuestros espíritus clavado 
como una astilla. Es lo que ustedes llaman ideal. 

Terminando de hablar una explosión reventó en la 
noche tormentosa; un cañón disparó contra un bote 
que intentaba escapar del navio. Una multitud se lan- 
zó sobre James Cook y sus compañeros diplomáticos. 
Comenzó la batalla de la emboscada; Cook desenvai- 
nó la espada y luchó por el Rey, por Londres, por los 
astrónomos y por el Polen de Venus. Retirándose a 
espadazos hasta las embarcaciones, retrocediendo en 
una lucha desigual, en la playa una puñalada le abrió 
la espalda; muchos de su séquito tuvieron la misma 
suerte; fueron despedazados mientras el rey pensaba 
en aquella sustancia que sus vasallos le trajeron hacía 
una década y que lo transportaba hacia regiones que 
ningún mapa podía registrar. Tuvo algo de lástima 
pero el éxtasis de aquel polen lo hizo soñar con un 
hombre blanco que teñía el océano con su sangre azul. 

Esta historia fue leída por Luis XVI antes de per- 
der la cabeza y por Napoleón antes de Trafalgar. Lec- 

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tor amable, gracias por llegar hasta aquí, Cook descu- 
brió Australia, pero además, en su último estertor, con 
esa lucidez propia del moribundo, descubrió que el 
polen estelar estaba en su corazón instalado como un 
latido, que estuvo en el océano en forma de onda, que 
estará en el cielo, ese mapa antiguo repleto de oscuri- 
dad y brillo. 


Cincuenta 


Vio cómo se separaron los tres hombres por el fon- 
do de la casa. Uno de ellos hacía de "campana" recos- 
tado en la pared y sumergido en las sombras, mien- 
tras que otro se dirigía al galpón. El tercero, con una 
barra de hierro a modo de cuña, intentaba abrir la puer- 
ta de metal de la casa. Llovía fino esa noche, y las po- 
cas luces del balneario permitían mejor la tarea. Falta- 
ba un mes para el invierno; a los lejos el mar rugía en 
su oleaje. 

De pronto el que hacía de campana se quejó con 
un chillido agudo tomándose la pierna, y, trastabillan- 
do, cayó al suelo. Una flecha le había atravesado el 
muslo; la sangre comenzaba a fluir de a poco. Los otros 
dos apenas se percataron, pero cuando volvió a gemir 
mezclando el dolor con un insulto, el que tenía la ba- 
rra se acercó para ver qué le sucedía. Escuchó en la 
penumbra un chasquido, y el dolor le atravesó la pier- 
na; cayó al lado de su compinche revolcándose y de- 
jando caer el hierro que sonó apagado, tragado por la 

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arena y el pasto ralo del fondo de la casa. El tercero 
sacó un revólver y escondido detrás de un tocón mi- 
raba hacia la oscuridad. Sus compañeros lo llamaron 
quejosos, escuchó el miedo en sus voces en tanto la 
lluvia fina arreciaba confundiendo su ruido con el del 
mar que crecía abarcando la noche. Imprevistamente 
otro chasquido; la flecha se clavó debajo de la nalga 
izquierda; el impacto le hizo golpear la frente contra 
el tronco seco. El arma se le cayó de la mano, apenas 
podía erguirse porque un dolor agudo le apretaba las 
vértebras. Los tres sospechosos se revolcaron en el 
suelo; el primero de los heridos intentó levantarse y lo 
logró ayudado de la barra que dejó caer su camarada. 

El asombro y el miedo se apoderaron de ellos; las 
flechas, cortas, de una madera dura y pintada de ver- 
de, se enterraron enteras en la carne. Mientras ren- 
gueaba tomó valor para mirar la herida y observó que 
la punta de metal se asomaba por el moretón que hin- 
chaba el muslo. El viento húmedo y frío del sudeste 
los calaba y paulatinamente la fiebre se apoderaba de 
sus cuerpos. Cuando intentaba levantar a su compa- 
ñero más cercano escuchó un ruido metálico, constan- 
te, largo, que se acercaba. La figura de capucha y bo- 
tas de goma comenzó a crecer; arrastraba el machete 
contra el suelo y el sonido vibraba como una melodía 
siniestra en la tormenta de la noche. Dejó al herido y 
retrocedió hacia la ventana de la casa golpeándose la 
nuca contra las rejas. El hombre de pilot largo y cara 
cubierta por un pasamontañas se detuvo observándo- 
los, midiendo sus gestos, calibrando las reacciones. En 
seguida, casi imperceptiblemente, miró de reojo al ter- 
cero que intentaba arrastrarse hasta el arma. Dio dos 
largos pasos y la pateó. Lastimado y jadeante lo mira- 

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ba desde debajo de su ruina, un insulto le salió y fue 
tragado por la llovizna. Un movimiento rápido, cir- 
cular, y el machete le cortó tres dedos que quedaron 
moviéndose confusos. El grito se perdió en la noche 
devorado por el fragor del mar. "los tres boca abajo", 
dijo con voz grave y serena. Le increparon, lo insulta- 
ron, escuchó disculpas, blasfemia, ronquidos ahoga- 
dos por el llanto que se mezclaban igual que las aguas 
del arroyo con las del mar embravecido. Ya disuadi- 
dos y sin esperanzas los tres individuos yacían boca 
abajo con los miembros extendidos. 

"Los vengo siguiendo desde hace un tiempo. Sé 
donde viven y con quien. Ahora les voy a dar dos po- 
sibilidades para salir de esta: la primera, llamo a la 
policía; o la segunda, los dejo ir", y aquí se detuvo 
para que el silencio pesara aún más sobre los infeli- 
ces; continuó: "Pero los voy a seguir después de ha- 
ber contado hasta cincuenta, y alguno de ustedes la 
va a quedar". El primero de los heridos protestó, pero 
un machetazo que le abrió el brazo lo obligó a cam- 
biar palabras por gritos. "Ustedes deciden". El que 
intentó abrir la puerta optó aterido por la primera 
posibilidad; le suplicó entre sollozos y un dejo de odio. 
"Muy bien, entonces optaremos por la segunda posi- 
bilidad", dijo apodícticamente el hombre del mache- 
te. Hubo protestas e increpaciones, al que le faltaban 
tres dedos un terror infinito lo impulsó a levantarse 
para salir corriendo, pero el encapuchado con la ba- 
llesta pronta lo flechó en la misma pierna tullida. Se 
desplomó sobre la arena mojada; un largo silencio in- 
terrumpido sólo por lamentos y el estertor junto al llan- 
to se estiró por la dimensión nocturna hasta que fue 
roto por el ballestero: "Van a salir por ese lado", y se- 

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ñaló con el machete un sector del fondo donde había 
un alambrado de púas tendido entre dos postes. "Y 
para que sea más justo el escape debo hacer algo", y 
ni bien terminó de hablar un machetazo le tajeó el 
hombro al que intentó abrir la puerta. Ahora era un 
aullido, y comenzó a contar. 

Los tres sujetos se arrastraban, rengueaban san- 
grando, se caían intentando atravesar el alambrado 
que también los laceraba; querían dispersarse por la 
noche y cubrirse con el rugido del mar. Casi a dos cua- 
dras de la casa se escuchó una voz que fue grito en la 
oscuridad y que el viento se la llevó dispersándose en 
la lluvia: "¡cincuenta!" 


Dafne sin el llanto de Apolo 


María Soledad Pallares se desvistió en el cuarto 
frente al espejo mientras pensaba en su último cómic. 
Por un instante se sintió atraída por la aventura de la 
heroína, una joven misteriosa y seductora. La había 
dibujado tantas veces, se había servido de tantas fotos 
de modelos publicitarios, hasta que al fin la fisonomía 
de esa mujer de tinta nació con una mirada provoca- 
tiva y seductora ya siendo adulta. Octavio, el guionis- 
ta, nunca escribió sobre la infancia de Dafne; de pron- 
to la vida de la personaje se instaló en una ciudad como 
tantas a orillas de un río o de un mar, en la noche, en 
un tiempo que fluía repleto de fragmentos de otros 
tiempos, de cosas pasadas y futuras, de discos de vinilo 
e imágenes tridimensionales, hologramas perfumados 

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por la tecnología y el capricho de un perfumista fran- 
cés. Dafne tenía un destino que todas las semanas cum- 
plía y que se renovaba gracias al ingenio de Octavio y 
a la destreza de María Soledad como dibujante y pin- 
tora recibida de la Escuela de Bellas Artes y de la Es- 
cuela de Dibujo Técnico. 

María Soledad Pallares se dirigió al baño a duchar- 
se. Dafne solía hacerlo en el loft del centro de Tedió- 
polis, su ciudad natal, un poco decadente, un poco 
moderna, donde convivían millones de personas. 
María Soledad prefirió no cenar. Fue a su estudio y 
comenzó a dibujar las viñetas bebiendo un jugo con 
gusto a hierro que le repugnó. Leía el guión y trazaba 
las formas, los planos, gustaba experimentar y así se 
servía de distintos ángulos, —como si manejara una 
cámara — , y enfocaba a los personajes desde adelante 
y desde atrás. Dafne estaba con una amiga que era 
coleccionista de antigüedades; ambas sentadas sobre 
almohadones charlando y bebiendo té. El ámbito es- 
taba repleto de objetos de todas las épocas; su amiga 
Carla le decía que los objetos antiguos poseían una 
energía que en ocasiones es negativa tanto para el co- 
leccionista como para el cliente. Dafne en una pose 
seductora para el público masculino le respondía que 
era cierto, y que su trabajo justamente consistía en 
evitar esos casos. La dibujante se detuvo en ese cua- 
dro y levantándose del sillón buscó en el armario una 
pluma que había comprado en un anticuario. Volvió 
al trabajo y depositó un tintero sobre el escritorio, di- 
bujaría mojando la pluma en la oscuridad líquida que 
iba adquiriendo una forma lineal, curva en la que ahora 
Dafne adquiría rasgos más delicados, su rostro bello 
asimilaba impresiones más reales dejando de ser una 

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caricatura para pasar a convertirse en una modelo fo- 
tografiada. Clara le contó una historia sobre un clien- 
te suyo que enloqueció por su obsesión a los relojes; 
renunció a la compañía en la que gozaba de un im- 
portante puesto para convertirse en relojero. Quiso 
construir un reloj que en lugar de marcar la hora como 
cualquier reloj lo hiciera a través de los colores. Hora, 
minutos y segundos tenían sus propios tonos y mati- 
ces. Ella misma había sido testigo cuando en la casa 
del cliente observó las 17:43 de un otoño ocre y azul 
en ese instante de tiempo. Soledad tenía la responsa- 
bilidad de pintar fehacientemente la hora cromática y 
eligió los colores que el reloj proyectaba en un haz de 
luces sobre un prisma de cristal. Se detuvo agotada, 
guardó la pluma en un cajón y se fue a dormir. 

En el estudio del arquitecto Prado tuvo que termi- 
nar a las apuradas un plano. Apenas un almuerzo de 
media hora (tal vez de color amarillo y celeste) ya con- 
tinuar con las proyecciones. Octavio le telefoneó di- 
ciéndole que se iba de la ciudad por cuatro días y que 
si ella se atrevía que compusiera el guión del próximo 
episodio de "Dafne sin el llanto de Apolo" para no 
retrasarse con la revista. Ella medio confusa le respon- 
dió que sí, que se encargaba de la doble tarea del có- 
mic. Colgó y volvió al plano; su pensamiento divagó 
sin detenerse en nada en concreto y haciendo un es- 
fuerzo terminó el trabajo para el arquitecto Prado a 
las ocho de la noche. 

Durante el trayecto en ómnibus sintió una extraña 
impresión que la conectaba directamente con Dafne; 
no supo discernirla, se le ocurrió que ambas eran la 
misma nota musical pero sonando sincrónicamente 
desde dos instrumentos distintos, o como una pala- 

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bra pronunciada a la vez por personas diferentes y 
lejanas al mismo tiempo. Cuando llegó al apartamen- 
to vio un sobre que le deslizaron por debajo de la puer- 
ta. Una invitación a la próxima exposición del pintor 
Damián Ocampo. Se sintió agradecida porque lo ad- 
miraba y hasta capaz que lo amaba con ese amor tan 
particular que se inyecta el epígono por el maestro. 
Complacida se desnudó frente al espejo y admirando 
su cuerpo desnudo y joven se prometió tomarse un 
cognac luego de la ducha. 

Sin embargo antes tomó dos pastillas para bajar de 
la tensión del día y en seguida se metió en la ducha; el 
cognac, mientras lo bebía recostada en el sofá, le pare- 
ció de un color líquido y mágico que iluminaba por 
dentro. La levedad se apoderó de ella y se quedó en- 
tredormida escuchando un disco de Portishead. 

Lánguida y sinuosa como una gata satisfecha se 
levantó y semidesnuda fue al encuentro del mundo 
donde Dafne esperaba seguir viviendo. A María Sole- 
dad se le antojó que Tediópolis era la misma ciudad 
en donde ella día a día andaba sin parar, sin tomarse 
una semana de licencia desde hacía un año y medio; 
ella consideraba que tenía derecho a ser ciudadana 
tediopolitana, sin embargo esta urbe era parte de la 
ficción, una ventana por donde escapaban los lectores 
de la revista y también una puerta donde ella junto a 
Octavio a veces escapaban. Instalada en su escritorio 
con todo el material siguió el ensueño hasta que se 
percató que hacía una hora que dibujaba esta vez a 
Dafne entrando en una galería de cuadros donde en 
un rincón estaba el pintor tuerto, cliente de Clara, a 
quien le había comprado un juego de pinceles de 1 si- 
glo XIX, tan lejano, tan truculento como las pinturas 

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de Delacroix o los delirios de Goya. El pintor tuerto 
en un primer plano observa impávidamente con su 
único ojo a la heroína vestida de campera de cuero y 
vaqueros, con su larga cabellera negra con bucles y 
mirada azul. Dafne lo saluda preguntándole sobre el 
cuadro que está pintando, el pintor tuerto sonríe infi- 
nitamente respondiéndole que no es otra cosa que el 
retrato al óleo de una mujer que está por nacer y que 
él, poeta vidente, ya la percibió entre sueños y pesadi- 
llas, y comienza a reírse y a babearse. Dafne frunce la 
frente y es tan hermosa una mujer enojada que ape- 
nas lo percibe el pintor se calla y mira tristemente un 
rincón dejando allí su mirada como una araña espe- 
rando la presa. Los pinceles están malditos, pensó 
Dafne, y este demente alimenta aún más su locura in- 
nata. María Soledad Pallares terminó la última viñeta 
del episodio y apenas lo hizo se dio cuenta que el re- 
trato con el que finalizaba la historieta tenía en el lien- 
zo su propio rostro. 

María Soledad llamó al trabajo y habló con el ar- 
quitecto diciéndole que se sentía indispuesta y que el 
médico le prescribió una semana de descanso. El ar- 
quitecto tomó en consideración la salud de su ayu- 
dante y le deseó que se mejorara. Ahora tendría tiem- 
po para terminar la historia, quería ponerle fin; tantas 
aventuras y casos que debió resolver arriesgando la 
vida, demasiados maniáticos a los que afrontar por 
objetos cuyas almas retorcían a las de los personajes; 
la heroína merecía unas vacaciones también. Octavio 
le dio la iniciativa cuando la llamó por teléfono aque- 
lla tarde de enero, caliente y densa, y ahora sí, ella 
decidiría el destino. Leyó la "Historia de Cyann" du- 
rante parte de la tarde, esa hora violeta manchada de 

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gotas de melancolía. Los franceses hacen un mundo, 
pensó, en el que coinciden culturas prehispánicas y 
celtas en un sincretismo de tecnología hiperavanzada, 
con un misticismo ecléctico, yo que sé ... 

La noche llegó y se instaló; la dibujante despertó 
de una siesta extraña y en seguida se preparó un café; 
lo tomó mirando un punto vago, quizás infinito, du- 
rante un minuto en un estado de autohipnosis. Luego 
se dirigió al estudio y comenzó primero a dibujar las 
viñetas para luego ponerle los textos. Manejaba la plu- 
ma con destreza e inspiración que llevaba la mano más 
rápida que el pensamiento, era una cuestión de velo- 
cidad entre órganos e ideas que se iban plasmando en 
el papel. Dafne forcejeó con el pintor tuerto y derri- 
bándolo con una patada en el pecho le sacó los pince- 
les. Sus cejas arqueadas la hacían terriblemente bella, 
y como la belleza, temible. Se retira del atellier con- 
torneándose, llega al loft y se echa en un sillón dejan- 
do sobre la mesa ratona los pinceles malditos. Se du- 
cha y sale envuelta en un toallón con el cabello moja- 
do y se sirve un trago. Toma una libreta en la cual 
escribe los casos que va resolviendo teniendo en cuenta 
las vicisitudes de los mismos, los detalles y hasta los 
motivos que la impulsaron a actuar. La libreta se divi- 
de en dos partes: una de ellas es la que está reservada 
para los casos, y la segunda parte está exclusivamen- 
te seleccionada para sus escritos personales como los 
llama ella, es decir, poemas y cuentos que escribe como 
catarsis o simple capricho. Desde hacía un tiempo que 
estaba escribiendo una historia, un relato breve que 
interrumpía, sobre una dibujante de cómic llamada 
María Soledad Pallares que teniendo una pluma que 
le perteneció al Conde de Saint-Germain dibujaba 

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viñetas sobre una heroína llamada Dafne, por lo pron- 
to, sobre su propia historia. Dafne de esta manera re- 
lataba su autobiografía teniendo un alter ego que se 
dedicaba al cómic, y como su vida podía perfectamente 
encajar en una manifestación cultural de ese tipo se 
dejaba seducir por la escritura y admiraba al persona- 
je femenino que ella había creado. Dafne escribía que 
María Soledad esbozaba un final en el cual ella des- 
cansaba echada en la cama, con las penumbras envol- 
viendo su niveo cuerpo; la ventana del cuarto abierta 
y las persianas cerradas; las luces de la ciudad se de- 
tenían desde el otro lado pero en la pared del cuarto 
dibujaban una escalera de luz con peldaños de som- 
bra. Afuera la ciudad latía, Tediópolis o Montevideo, 
eran dos corazones urbanos en un mismo pecho. 


Ángeles Caínes 


"...era sólo infeliz, me equivocaba al creer que tenía miedo, o 
mejor, también esto es un modo de tener miedo, porque la infeli- 
cidad es una forma de miedo." 

"Voces traídas por algo, imposible decir qué". 

Antonio Tabucchi 


Esto es el testimonio de una espina que llevé clavada 
durante más de 30 meses; creo habérmela sacado, pero 
siento el resquemor de volver a clavármela otra vez. 


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Confesión I 


Angeles Caínes fue la mejor flor de mi vida ura- 
niana. Ella derretía suelos con su paso de fémina noc- 
turna. Angeles Caínes llamó al viento y lo embolsó en 
una copa que bebimos desnudos. Sangró mi pecho y 
lamió la herida, desmayado acaricié su pelo, sus se- 
nos y antenas. Antes que el sol alumbrara las tinieblas 
Angeles Caínes se derritió como un vómito a mi lado. 


Confesión II 

La tarde era un cadáver gris. Solo sentado miraba 
el cielo enfermo y callé escuchando el rumor de las 
cosas. Una brisa pringosa se instaló en mi habitación. 
La noche prometía otra visita; la dejé entrar. Vino An- 
geles Caínes vestida de sedas celestes y perfumada 
de mirra oriental. Su ojo verde me guiñó y me largó 
un beso rubí. La esperé sentado y ella se subió a mis 
piernas y abrazó mi cuello. 

Confesión III 

Me arrodillé aquella mañana de invierno y recé ja- 
culatorias y entoné letanías paganas. Tomé un cirio y 
volqué la cera en mi antebrazo. Lloré y reí. Me eché al 
suelo y refregué mi sexo en el piso, mientras Angeles 
Caínes pasaba su mano por mi nuca diciéndome "te 
adoro desde el fondo del tiempo; he vuelto a encon- 
trarte, mi amor". Se evaporó como bruma de puerto y 
quedé transido, llorando más que antes por ella, por 
mi confusión. 

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Confesión IV 


Me abandonaron los amigos. 

Mi familia me eructó. 

La gente me miraba mal. 

Las plantas se secaron en mi casa. 

Apareció la humedad en las paredes en lamparones 
con formas grotescas. 

Se murió la cucaracha que tenía en el frasco. 

Estoy solo. 

Unicamente Angeles Caínes me visitaba al atarde- 
cer, traía flores muertas y bebíamos té. 

Nos acostábamos sobre cojines roídos y acariciándo- 
nos nos prometíamos felicidad. 

Confesión V 

No puedo dejar de pensar en ella. Apenas como y 
ni duermo si no está a mi lado perfumando el cuarto. 
Renuncié al trabajo antes de que me echaran. Consue- 
lo mis horas afiladas pensando en su perfil. Me con- 
sumo. Soy una vela en la oscura terraza de la vida. 
Hay un umbral del cual Angeles Caínes me habló. Me 
invitó a cruzarlo con ella. "Allí es de donde venimos, 
donde pertenecemos", me dijo abanicándose los cabe- 
llos violetas. Hoy no vino y pienso en ella violentamente. 

Confesión VI 

Las ideas no tienen dueño. La persona las recibe y 
las trasmite, pero no le pertenecen. Flotan como duen- 
des y a veces bajan a libar en los cerebros humanos. 
Son inasibles a pesar de la praxis. Son etéreas como 
Angeles Caínes. Fue ella quien me lo contó: porque 
ella misma pertenece a ese mundo, su naturaleza guar- 

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da ese origen y esa correspondencia, y cuando viene a 
mí, seductora y amiga, trata de convencerme de que 
yo soy otra idea más de un cerebro infinito y eterno, y 
me insinúa escapatorias con el fin de volver hacia 
aquellas vastas regiones. 

Confesión VII 

Un poeta sin lapicera no es un poeta sino una ga- 
rrapata, dijo Angeles Caínes mientras escuchábamos 
el Presto del Verano de Vivaldi (es una tormenta de 
estío anunciando el otoño). Me di cuenta de que soy 
inmortal y que la lluvia pegada a los días durante 72 
horas no es más que el latido constante de los corazo- 
nes grises. Ella continuó haciendo una poética domi- 
nical y húmeda: la poesía te eleva y te hunde a la vez, 
es un ascensor, subes o bajas, esa es su función para 
los ánimos. El poeta con lapicera y hoja escribe igual a 
un manco con su muñón sobre la arena, y el frío del 
sur le azota la cara y él es pérfido y resentido. En oca- 
siones Angeles Caínes me causa un poco de temor y 
vértigo sobre todo cuando habla de estos temas; yo la 
escucho porque soy un confeso de ella. Después de 
las charlas vespertinas repta por la pared sinuosamen- 
te en tanto que yo la observo desde mi sillón. Se deja 
caer sobre mí, es una araña que destila fragancias y 
me absorbe, me elimina un poco más cada noche, un 
poco más hasta el desmayo... 

Confesión VIII 

Pensé en construir un cenotafio para depositar los 
traumas que me abruman. Esbocé un bosquejo de bos- 
ques rectilíneos y proyecciones pálidas en un plano 

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que me visita, o que yo visito, mejor dicho, durante 
las pesadillas de la siesta. Angeles Caínes me trajo el 
Mechanical Animáis de Marilyn Manson y en omegas 
minutos bailamos repletos de androginia mientras las 
sombras nuestras lamían los candelabros. Nunca me 
había sentido tan excitado y tan muerto a la vez. 

Confesión IX 

Aquella madrugada Angeles Caínes estaba más fu- 
riosa que nunca y su desequilibrio destilaba sudor 
bermejo y añejo en la alcoba de ventanales abiertos; 
me lastimó las manos con sus uñas metálicas, me elo- 
gió hasta el hastío: "eres lo más hermoso que he cono- 
cido desde hace 1.066 años", y pasando su pelvis por 
mi pierna me cantó una canción. Hubo momentos en 
que se ponía transparente o adquiría una piel espejada 
en la que me reflejaba en la oscuridad. Nacieron doce 
esferas de su espalda y flotaron como pompas hasta 
desaparecer por las celosías. Sucedió que aquella ma- 
drugada ella se durmió entre mis manos ensangren- 
tadas, y la dejé dormir más de lo necesario. Esperé a 
que el sol saliera; cuando ella se percató de mi inten- 
ción trató de devorarme a besos pero le aferré con mis 
ojos encendidos mientras un rayo de sol surcó la ha- 
bitación y se estrelló sobre los pechos de Angeles Caínes; 
me miró entre sorprendida y arrogante; se disolvió en el 
aire absorbida por los fotones del amanecer. 


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Un adiós cercano 


Confesión I 

Ángeles Caínes volvió acunando tres seres dimi- 
nutos como semillas de cinia. Con altiva mirada y de- 
bilidad me los mostró prendidos de su pecho. "Son la 
simiente que nos une para siempre, el espíritu hecho 
forma y aquí no cuentan tus anhelos", me dijo ama- 
mantándolos y con voz severa, convincente, esa clase de 
voces que callan hasta el más leve ruido de invierno. 

Confesión II 

Salí a buscar trabajo para mantenerlos mientras Án- 
geles cuidaba de los trillizos. Recorrí mil lugares, reci- 
bí mil desprecios y subí mil ascensores. Ella me decía 
cuando llegaba desahuciado por la derrota: "Si quie- 
res fabricaré el dinero que tanto necesitamos, sólo me 
basta un alma, seis velas y un anillo de plata de una 
virgen". No, respondía yo cansado, no merecemos 
hacer tanto daño. 


Confesión III 

Estábamos en la ruina; los niños (eran tan extra- 
ños) no se quejaban porque Ángeles Caínes los alimen- 
taba bien; sin embargo yo desfallecía consumido dia- 
riamente. Ella seguía incólume como siempre, con esa 
energía que absorbía por las calles. Dormíamos sepa- 
rados, Ángeles me evitaba porque satisfizo su capri- 
cho; quiso ser madre y en su orgullo de guitarra eléc- 
trica teniéndome a mí de bajo sonreía a las tres de la 
tarde entre vientos y chubascos. 

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Confesión IV 

Traduje del latín uno de los libros de las "Meta- 
morfosis" de Ovidio. Me pagaron lo necesario para 
tres cenas y un almuerzo; escribí siete artículos para 
una revista literaria y apenas pude comprar un kilo 
de hígado para los niños. A todo esto Ángeles Caínes 
visitaba a sus parientes por la madrugada cuando yo 
rendido donnía. Llevando a los tres niños con ella me deja- 
ba solo transpirando pesadillas entre sábanas mojadas. 

Confesión V 

Una mañana apareció con una olla repleta de mo- 
nedas de oro; tenían aún el musgo del río y el brillo de 
la codicia acuñada. Me lavé los dientes y mirándola 
con desdén le pateé su tesoro. Las monedas tintinea- 
ron refractando la luz del día; Ángeles dejó a los ni- 
ños en la cama grande y se abalanzó hacia mí con ga- 
nas de darme una bofetada. Detuve su mano de 
cartílagos rosas y apretándola contra mi cuerpo le su- 
surré palabras de amor. Me besó acariciando mi nuca. 
Luego recogió las monedas y las tiró a un agujero que 
se abrió en el cuarto. Fue un instante, el torbellino de 
luz y viento se tragó la infamia. 

Confesión VI 

Esa misma noche me confesó que yo había sido su 
primer "hombre". Que desde aquella vez en la que 
apareció vestida de sedas celestes perfumada de mi- 
rra oriental ningún humano la había tocado en 1.066 
años. Que los niños dormidos en el cuarto fueron los 
únicos que parió como hembra. Que en mí estaba la 
sangre y la audacia materializada en tres niños como 
si fueran instrumentos recién construidos para que 

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sonaran en este tiempo deforme al cual ella había ele- 
gido para aparearse conmigo. Me habló del Mal eter- 
no, de la redención gracias al Único Supremo. Y que 
yo, cuando el invierno aún no existía, planeaba sobre 
un cielo de aguas en duelo. Y que fue por eso que me 
siguió desafiando jerarquías, geografías y siglos hasta 
encontrarme. 


Confesión VII 

A. Van Hageland en su antología "Las mejores his- 
torias diabólicas", Bruguera, 1975, escribió un prólo- 
go en el cual niega la existencia del Necronomicón, 
tan difundido por Lovecraft. Pasaron pocos años y el 
Necronomicón se tradujo por primera vez al español 
bajo el sello la Tabla Esmeralda (masón o alquimista 
conocerá su significado). En la antología de Van Ha- 
geland hay un cuento que leí a los once años en el que 
trata sobre una relación de amor entre un hombre y 
un súcubo. De dicha unión nació una niña; el súcubo 
o diablesa se apiada del protagonista dejándolo solo 
en la vida aunque hembra e hija lo amaban. La habita- 
ción de este hombre joven se incendió y si no fuera 
por la presencia de su hija venida desde algún plano 
o dimensión vedados al hombre no se hubiera salva- 
do de las llamas voraces. "Adiós, papito, adiós". 

Confesión VIII 

En el capítulo denominado "El texto Urilia" (Ne- 
cronomicón), parte dos, "Las abominaciones", apare- 
ce dibujado el símbolo de Lilit que alguna vez recono- 
cí por medio de un grafiti; pero lo más extraño es que 
ese nombre comenzó a serme familiar antes de leer el 
Necronomicón; y aunque nadie lo crea o lo ponga en 

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duda, - a esta altura de mi vida no me sorprende 
dicho nombre me lo dijo una alumna mía en el año 
1998 puesto que sufrió una experiencia particular que 
me reservo de contarla. Esta clase de seres, súcubos, 
diablesas, ninfas (Orfne, ninfa del Infierno amante del 
río Aqueronte, Ovidio, "Metamorfosis", Libro V, Cap. 
III), existen. ¿Por qué Octavio Paz en su libro "Sor Jua- 
na Inés de la Cruz o las trampas de la fe" cita ejem- 
plos para ilustrar el soneto "Detente sombra de mi bien 
esquivo"? Es para pensar. 

Confesión IX 

En el capítulo citado del Necronomicón estas cria- 
turas se unen a los hombres como lo hicieron los án- 
geles con las hijas de ellos. (Génesis, 6,2). Ángeles 
Caínes conocía por experiencia este tráfico, ¿pecador 
acaso?; y fue así que continuó esa tradición que puede 
apreciarse en textos de origen y etnias diversas. Una 
tarde de abril se marchó con mis hijos. Estoy conven- 
cido de que no toleró mi condición humana actual; es 
probable que la vuelva a encontrar más allá del color 
de la tarde, más allá de la densidad de la madrugada. 
Hay algo de inmortal en mí y ella lo sabe. Estoy segu- 
ro de que será una buena madre. 


Leyenda 


Hubo una vez un príncipe dichoso que amaba sus 
campiñas rodeadas de lagos tristes, de valles estériles 
de piedra volcánica y esqueletos de ermitaños. 


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Admiraba los rapsodas de su corte, la alegría tonta 
del bufón y el vino que compartía con sus vasallos. 
Sin embargo su sangre se estancaba a la hora de amar 
una mujer. 

Todos aquellos que lo querían bien le decían "Prín- 
cipe, por qué no desposáis a la damisela de ojos dora- 
dos"; y el príncipe taciturno respondía: 

— Ella no existe, como tampoco para el relojero exis- 
ten las horas cromáticas. 

Nadie sabía qué responder, hasta que un cuervo 
azul habló desde la almena de la torre del castillo. "No 
me tiréis flecha, ballestero, quiero decirle al príncipe 
algo", - el ballestero bajó el arma -, "Soberano de estas 
landas, no seré lisonjero con vos, no obstante te acon- 
sejo que sí debéis tomar por esposa a la damisela de 
olhos dorados; ela se encuentra en una comarca que 
vos desdeñaste por sua miseria. Ela te aguarda sin 
saberlo, búscala, sino tu sangre se trocará por agua 
del Leteo". Y en callando el cuervo su majestad pensó. 
Un viento auverniano corrió al vulgo y a los nobles. 

Ya en palacio el monarca ordenó: 

— Fazme reír, bufón querido, en esta notte pordiosera. 

— Lo lamento, príncipe, mas estoy triste. 

— Por qué?, alegría de mis días adversos, canta una 
balada celta para mí. 

— No lembro ninguna agora, señor, apenas viene a 
mi memoria una antigua canción. 

— Pues cántala! —dijo el príncipe cuando las an- 
torchas esparcían una luz triste sobre todos los comen- 
sales. 

— Molto bene, signore, dice así: 


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"La niña de olhos dorados dormita 
sonhando con elfos e ondinas azules, 
despierta na madrugada pensando 
que seus olhos dorados son pedrería 
e que ningún homem de bien comprendería 
el fulgor de seus olhos dorados amando. 

La niña es pobre e teme con razón 
a la prima nocte que el señor se reserva; 
mas un hada glauca como lago virgen 
la acaricia en la notte prometiendo 
que suo amor vendrá en corcel en corcel 
Ihevándola a un templo de puras columnas 
pra suo himeneo, pra sua gracia e virtud." 

El príncipe emocionado lagrimeó y el bufón enter- 
necido le repitió la balada. Si tu amor está lejano ve 
por él. No hay distancias ni blasones que te impidan 
amarlo. Sólo cuenta tu voluntad. 


Visitando a la amada 


Voy largando fideos por la boca, hasta tu puerta 
de niebla llegaré. Mis antepasados construyeron vías 
lácteas mientras la esfinge pensaba su adivinanza. Voy 
vestido de negro salpicado de estalactitas hasta el 
próximo encuentro; los gatos me odian pero no se acer- 
can a mi egregia figura porque voy con un ramo de 
flores venusinas, ácido. Las calles me resultan igua- 
les, será tal vez porque las olvidé como quien olvida 
una pesadilla y son residuos los que quedan: faroles 

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hambrientos de sombras, adoquines que besan la bos- 
ta, bolsas de basura cuyos sentimientos las condenan 
a cantar serenatas. (Quiero que me elimines). Los veci- 
nos se esconden al verme pasar repleto de rosetones 
que flotan sobre mí, tiran maíz y agua bendita que 
exhalan un humo acre al tocar mis huellas. He cocina- 
do gorriones para nuestra cena, los llevo dentro de 
mis alforjas calladas; por eso voy hasta tu puerta de 
nieblas, sé que me recibirás igual que a la fiebre, ya no 
importa porque estamos seducidos por la vastedad 
nocturna. Ayer asesiné una verdura y la devoré en- 
vuelto en un tapiz boliviano. Soy siniestro e indesea- 
ble, pateo las latas que se cruzan en mi camino, un 
camino sinuoso y húmedo como el sexo. Las ventanas 
apagan sus luces, el cielo se cubre de rojo manto sobre 
el negro presente de llovizna y miseria. Mis flores ve- 
nusinas lamen las gotas en tanto intento llegar a tu 
calle repleta de cretinos taimados. Los busco con la 
mirada y el garfio, murmuran obscenidades en las 
esquinas pero no se atreven al brillo del acero. Escupo 
y sale un trasgo chillando. (El sol vengativo me quiere 
incendiar). 

Voy hacia tus ojos de huracanes sureños. Me duele 
el brazo por las flores y las alforjas. Me duele el alma 
por la noche. Me duelo y sigo bajo los árboles de in- 
vierno. La cerrazón maquilla mi palidez. Pienso en los 
festines sin ojos de aquellos que titiritean la grey. Voy 
hasta tu casa hecho un exquisito. (Me entrego a las alas 
de tu sombra). En el zaguán abierto me detengo y gol- 
peo suave los vidrios de la puerta antigua. Te veo ve- 
nir, flotando, sonriendo, y me abrís la puerta, estás en 
camisón sin ropa interior. Te entrego las flores venusi- 

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ñas intentando sonreír, el hedor de la cena vuela cual 
gorrión alegre por la salida del sol en los campos ver- 
des donde el trigo encaña y los amantes sirven al amor, 
oh, oh, oh. Tomás las flores y hundís tu nariz en los 
pétalos. Levantas la vista y la fijas en mis ojos secula- 
res. Me invitas a entrar; afuera llueve; afuera se derrite, 
se desdibuja. Yo entrando tomado de tu mano muerta. 


La última visita 


Fue cuando te raptó, luego de haber insistido du- 
rante cinco eclipses con la magia, que te rendiste a las 
palabras antiguas proferidas por su boca sin tiempo. 
La fiebre aceleró tu debilidad; en la soledad de la ca- 
sona los pasos salpicaban ecos que se dormían en los 
rincones entre telarañas. Te bajó en los brazos por la 
escalera construida por masones que iniciaron a tu 
abuelo (dicen los charlatanes que él guardó la lanza 
de Longino en un ataúd de cedro del Líbano). Los cai- 
reles y las cortinas se han movido por la brisa o el alien- 
to de tu enamorado que hace ocho siglos combatió en 
Tierra Santa contra los infieles. Lánguida vas despa- 
rramada en los brazos como una mata de madreselva 
tratando de comprender si es un sueño febril o la rea- 
lidad que profetizó Loreley, la hermosa hechicera a la 
que le cantó Apollinaire. El criado tuvo la noche libre, 
y se embriaga, mientras tanto, en la taberna del pue- 
blo porque su dolor fue el rechazo de un mancebo. La 
puerta de la vieja mansión se abre; chirrían los goznes 
oxidados con un viejo lamento de antaño. El carruaje 
espera con sus corceles negros; el auriga disimula su 

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anatomía canija bajo la capa; observa de reojo con el 
ojo sano. Tu amado te introduce recostándote en el 
sillón de terciopelo. El se sienta frente a ti. Los cabe- 
llos desparramados, los labios entreabiertos, los ojos 
cuyo color emulan las campiñas, el gemido lento y 
suave que nace de tu pecho como una flor, los senos 
dormidos, las manos desmayadas, el trote de los ca- 
ballos más negros que el alma de una noche de junio, 
la bruma del paisaje, los poemas que leiste, la sombra 
frente a tu incredulidad. Pasa el tiempo mezclado con 
los recuerdos de tu niñez. El tiempo es el aliado de tu 
enamorado, son compañeros y ambos le tienen un 
miedo profundo a la eternidad. El carruaje se detiene; 
la aurora trepa por el horizonte; los pájaros cantan pero 
enseguida callan elevando su vuelo hacia las serra- 
nías azules. Te desciende con dulzura; el frío corta 
como el vidrio la piel. Los rosetones de la iglesia se 
han empañado, las gárgolas están blancas por la es- 
carcha que cubre su piedra gris. Hay luz de velas en 
la iglesia y aroma a incienso. Comienzas a tener con- 
vulsiones, un grito se quiebra en la garganta. Los es- 
caños brillan bruñidos igual que los candelabros del 
púlpito. No toleras más el calor en la frente ni los es- 
calofríos que muerden tu espalda. El te acuesta en el 
suelo de baldosas heladas. Tu grito retumba haciendo 
danzar las llamas de los pabilos. El se persigna, mur- 
mura una oración alternando jaculatorias; con agua 
bendita moja tus ropas sudadas y ceñidas a tu cuerpo. 
Otro grito; blasfemas; un humo acre y verde te envuel- 
ve. El llora; llora como no lo hizo en cuatrocientos años. 
Al incorporarte tu esqueleto intenta ahorcarlo. Eres la 

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descarnada; caes; te deshaces. El sol sale e ilumina los 
vitrales, una lágrima recorre el rostro del hombre, la 
lágrima brilla y cae sobre tus cenizas. Una rosa comien- 
za a florecer entre tus escombros. 


La habitación de los juguetes en llamas 

Apagado por tu rechazo me dirigiré a la habita- 
ción de los juguetes en llamas. No me consolará la 
botella rescatada del mar, ni el ron de los elegidos; me 
desmayaré como una adúltera del siglo XIX, mientras 
la llovizna azota el día. Despechado por tu arrogancia 
de maquillaje retornaré a las cosas prohibidas. Habrá 
en mi alma serpentina un rincón donde guarecer tus 
palabras ardidas, tus vocales azules y el destello de la 
piel que me entregaste. Siempre estaré escondido. Me 
encontrarás, cuando tu dignidad lo desee, en la habi- 
tación de los juguetes en llamas, ahí perduraré de los 
agónicos sonidos del gozne de tu corazón. Transpira- 
do sueño a veces con tu mirada de océano, me libero 
por momentos, sobre todo cuando la tempestad arre- 
cia y hace de la habitación de los juguetes en llamas 
un espectáculo digno del cirque du soleil. Me hambreo, 
prostituyo mi sombra a la luz de las lenguas del fue- 
go. Consumo las cenizas de mi cuerpo vertidas en el 
cáliz de la maldición. 


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El ruido 


Era la novena noche del cuarto mes cuando volvió 
a escuchar el mismo ruido en el cuarto contiguo; cre- 
yó que había desaparecido para siempre después de 
haber hecho lo que hizo. El ruido era igual al rodar de 
bolitas de vidrio, que iba y venía invadiendo todos 
los rincones del apartamento. Al mismo se sumaba la 
intermitencia de las luces, la baja tensión, y una brisa 
fría que movía las cortinas y algunos adornos de las 
paredes. Cuando comenzó a gestarse, hace un año 
atrás, trece meses exactamente, al principio pensó que 
se trataba de algún objeto que se había caído fortuita- 
mente; sin embargo el ritmo y la frecuencia del ruido 
parecían mantenerse en concordancia, y pasó de ser 
un mero hecho casual a una conducta (y este es el tér- 
mino preciso) voluntaria. En aquella ocasión, aun so- 
bresaltado, se acerco a la puerta cerrada y posó la ore- 
ja; la luz de la cocina y del living se prendían y se apa- 
gaban. Escuchó el rodar de algo como en bajada, puso 
su mano en el pestillo y abrió. La habitación estaba 
intacta apreciable en la penumbra. Un frío invernal se 
sentía en el rostro y tenues vapores salían de la boca y 
la nariz. Encendió la luz, la baja tensión la hizo tenue; 
de pronto un vahído lo invadió llevándolo casi hasta 
el desmayo al ver una silla posada en el techo como si 
fuese en el suelo. Las celosías de metal se movían por 
el viento, y la silla, como un insecto dormido, se man- 
tenía con el respaldo hacia abajo. 

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En la ventana las hojas de la palmera proyectaban 
sus sombras haciéndolas danzar contra la pared mien- 
tras la silla estaba incólume. Trató de calmarse y lo 
logró a duras penas; salió del cuarto y abrió un placard 
sacando una escoba; en seguida volvió a la habitación 
con la idea de bajar la silla del techo. Por más que lo 
intentó fue en vano; ni bien lograba desprenderla vol- 
vía la silla a aferrarse como quien intentara hacer lo 
mismo con una silla posada en el piso. Desistió y que- 
dó observándola incrédulo un rato. 

Sospechaba que algo estaba sentado mirándolo en 
silencio. Dijo una palabras como de saludo o recrimi- 
nación. El único sonido era el de las hojas de la palme- 
ra embestidas por el viento. Su cuerpo se enfriaba y el 
espejo del cuarto comenzó a empañarse. En el torbe- 
llino de la confusión pensó en llamar al 911, no sabía 
si a la policía o a los bomberos, pero en seguida se 
arrepintió. Igual valoraba la posibilidad de llamar a 
alguien, pero a quién? La luz terminó por extinguirse 
y quedó sumido en la oscuridad con la silla en el te- 
cho. Se percató de la fiebre en el frío de su cuerpo pero 
no atinaba a nada. Mientras decidía hacer algo se le 
ocurrió realizar el intento de conjurar ese hechizo le- 
yendo algún pasaje de la Biblia o trayendo algún sím- 
bolo religioso. Salió de la habitación y fue a la biblio- 
teca, encontró el libro sagrado y al azar lo abrió. Apa- 
recieron ante sus ojos los Salmos; rápidamente fue 
hasta su cuarto y tomó el crucifijo. Ahora sentía un 
extraño alivio que le quitó la fiebre de la cara. Volvió 
a entrar al cuarto con los objetos sacros. Puso el cruci- 
fijo sobre el modular en dirección a la silla. Encendió 
con los fósforos las velas de un candelabro; abrió el 

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libro y comenzó a leer en voz alta y pausada. La silla 
comenzó a temblar, luego a girar y finalmente se soltó 
del techo cayendo con estrépito, rodando hasta un rin- 
cón y quedándose patas arriba quieta, como muerta. 
El frío se disipó. Una calma enorme igual a un res- 
plandor lo invadió. Esta misma situación se produjo 
en su ánimo las otras seis veces que se reiteró el he- 
cho. Pero no podía decírselo a nadie aunque a veces 
estaba tentado de hacerlo para consolarse. Una vez 
intentó llamar por teléfono a un amigo y ni bien le- 
vantó el tubo la silla se cayó y quedó en su lugar habi- 
tual: al lado del modular. En otra ocasión quiso foto- 
grafiarla pero también se dejó caer. Por lo pronto no 
tenía los medios para testimoniar la situación ni para 
que se atestiguara con la presencia de algún allegado, 
por lo menos un vecino. 

Se resignó a vivir con ese rito a solas. Y pasó el 
tiempo; ahora se encontraba en la misma situación. 
Pensó en dejar todo quieto y mudarse lejos, pero tenía 
la certeza que fuera donde fuera el acontecimiento se 
reiteraría. Le restó importancia, esta vez, al ruido que 
se movía. Pasó más de una hora cuando se decidió a 
regresar al cuarto con el libro sagrado y el crucifijo, 
con los salmos ya aprendidos de memoria y con la caja 
de fósforos para las velas del candelabro. Abrió la 
puerta y esta vez encontró todo lo que había en la ha- 
bitación posado en el techo. El espejo dado vuelta lo 
reflejaba parado solo en el piso. No podía encender 
las velas, no podía apoyar el crucifijo.; el frío se trans- 
formó en neblina azulada que refractaba la luz que 
entraba por la ventana. No supo qué hacer; una an- 
gustia bestial le oprimía le pecho. Se decidió ir a bus- 

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car una escalera para bajar el candelabro y cuando se 
dio vueltas para salir, la puerta estaba al revés con su 
base en el techo. Intentó saltar para aferrarse y salir 
pero no lo lograba debido a la fatiga del miedo. Se 
acurrucó entre las aristas; la ventana también había 
adquirido el capricho de las demás cosas. Su perspec- 
tiva estaba dada vuelta. Sacando fuerzas desde lo pro- 
fundo de su alma trastornada volvió a saltar y se afe- 
rró a la jamba de la puerta. Ayudándose con las pier- 
nas se alzó tirándose hacia fuera de la habitación. Una 
vez del otro lado se incorporó, y sin percatarse de nada 
tropezó con el plafón de la luz cayéndose sobre el te- 
cho y mirando de reojo, antes de desmayarse en la 
locura, el meticuloso orden de las cosas que estaban 
sobre el piso del apartamento. 


Viciosos 


Discúlpenme, no quise interrumpir, dije, pero ya 
era demasiado tarde. Un tipo joven me amenazó con 
un cuchillo y me introdujo a la casa. El living estaba 
pintado de un amarillo gastado, con lamparones de 
humedad y revoques de mezcla mal puestos. La luz 
tenue iluminaba el ámbito donde otras «personas» se 
encontraban en los rincones sentadas sobre sillones 
desmembrados y en un sofá cuyos resortes tocaban el 
piso oscuro. Me obligó a sentarme en el sofá raído y 
percibí de reojo a una joven pálida que se hacía tajos 
con un estilete en los brazos. Otro individuo cruzó el 
living y fue a sentarse oblicuamente a mí; tenía ampu- 

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tado dos dedos y era calvo y deforme. Los dos sujetos 
restantes se hallaban sentados cerca de la oscuridad 
que la tenue luz permitía; el que me amenazó se sentó 
a mi lado y me di cuenta que en cualquier momento 
me metía un tajo en la cara. Yo lo esperaba de un mo- 
mento a otro; sin embargo acercó su rostro al mío y 
me sonrió como lo hace un idiota; su barba rala escon- 
día cicatrices y tocándome la frente con sus dedos me 
marcó con dos gotas de sangre que se deslizaron por 
mi rostro como si llorara. No me hizo ningún daño, la 
sangre era de él. La muchacha seguía tajéandose las 
muñecas ahora, y los demás laceraban su cuerpo mien- 
tras exhalaban gemidos de placer. Eran drogadictos 
de la mutilación, viciosos de la carne herida, y esa casa 
era el antro donde practicaban semejantes atrocida- 
des. El de barba seguía a mi lado esperando una reac- 
ción mía; yo no podía moverme, apenas miraba fijo 
hacia adelante y de vez en cuando movía los ojos para 
saber cuándo iba a llegar mi primer tajo. El pelado 
deforme se acercó a mí y observándome como en sue- 
ños movía su cabeza de un lado a otro igual a un de- 
mente que no puede hablar. Luego se fue a un rincón 
donde las otras dos figuras, —no supe si eran hom- 
bres o mujeres — , se movían lentamente tragados por 
la penumbra. Había olor a sangre en el ambiente; mien- 
tras tanto yo aguardaba a que me tajearan pero mi 
preocupación era dónde, cuál sería el lugar elegido y 
la mano segura, acostumbrada, la mano que mutila- 
ría mi carne con certeza de cirujano. 

El jardín estaba descuidado: el pasto alto, enreda- 
deras, árboles con ramas que llegaban al suelo, las flo- 
res blancas metidas en la humedad verde. Al fondo 
estaba la casa; yo vivía en una extraña comunidad, 

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éramos alrededor de veinte y había algunos niños; 
todos éramos jóvenes. Me gustaba una muchacha de 
ojos violetas y cutis lívido; sus cabellos eran negros, 
ni cortos ni largos. Sentía por ella una extraña fascina- 
ción pero nunca hablábamos, en la comunidad gene- 
ralmente no se hablaba. La casona antigua tenía un 
patio interno donde se llegaba desde el zaguán; había 
habitaciones a los costados y en el piso de arriba. Una 
claraboya apenas dejaba entrar la luz. En esa casa vi- 
víamos todos en una estrambótica cofradía. No recuer- 
do cómo me uní, pero ahora soy uno de ellos, tengo 
cicatrices y a veces me lacero, de todas maneras soy el 
más «sano». Siempre es de noche en esa casa, aunque 
en ocasiones me parece que existe el atardecer, al me- 
nos su luz opacada por las nubes de un cielo siempre 
gris. En el patio interno nos reunimos en corro y dos 
de nosotros juegan a mutilarse y a tajearse entre ellos; 
es como un duelo en el que se usa toda clase de armas 
blancas, inclusive el machete, pero no vale morir. 

Un día salí con un amigo que entró en la cofradía 
sin percatarme del asunto. Con nosotros iba una mu- 
chacha de piel trigueña y gordita. No supe cuál fue el 
motivo que nos llevó a salir, quizás a hacer compras 
de víveres, pero yo nunca preguntaba nada, simple- 
mente estaba ahí o allá sin voluntad. Nos paró una 
promotora y preguntó mi nombre después de ofre- 
cerme los servicios de no sé qué. Como le dije que sí, 
respondí a su pregunta pero no quise darle la direc- 
ción. Eso provocó que me negara el servicio; sin em- 
bargo la muchacha que estaba con nosotros accedió. 
Fue en ese instante cuando le dije a la promotora que 
el nombre de nuestra compañera era falso, que se 11a- 

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maba Ángeles, aunque creo que tampoco se llamaba 
así porque ese nombre era de aquella joven que me 
gustaba y que tenía ojos violetas. Le sugerí a la pro- 
motora que no fuera a esa dirección porque se lamen- 
taría. Yo estaba seguro de que la querían llevar para 
la casa y convertirla en uno más de los nuestros. Creo 
que me comprendió y se fue atemorizada. Noté a mi 
amigo inquieto y a la muchacha de piel trigueña tam- 
bién; ésta me dijo que luego arreglaríamos cuentas en 
la casa y mi amigo pareció apoyarla. En ese momento 
me percaté de que yo quería hacer un complot contra 
la comunidad, era el único vestigio de voluntad que 
me animaba. 

Ahora me persiguen por todas las habitaciones que 
se conectan, subo o bajo corriendo pero siempre hay 
alguien que me busca y me encuentra; hasta los niños 
se unieron a la cacería en la casona. Traté de conven- 
cer a algunos de lo irrisorio de nuestras vidas; intenté 
revolucionar la comunidad, me di cuenta de que no 
podíamos seguir viviendo entre charcos de sangre y 
pieles abiertas por tajos inicuos en un placer de lo más 
retorcido. Nadie me escuchó, ni mi propio amigo. 
Ángeles de repente apareció a mi siniestra, traía al odio 
destilando veneno en sus maravillosos ojos violetas 
que clavados en mí desde su rostro pálido me perfo- 
raban eso que algunos dicen llamarse alma. Sentí un 
desgarro interno y evité mirarla, ella apenas camina- 
ba siguiéndome; estaba convencida de que no escapa- 
ría. Cuando bajaba hacia el patio por las escaleras de 
metal mi amigo me esperaba con una cuchilla en la 
mano, se había vestido con una camisa negra para la 
ocasión. Recordé aquella vez cuando miré para aden- 

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tro de la casa a través de los vidrios polvorientos, fue 
cuando me metieron para adentro. Estaba rodeado, 
no había salida, la presencia del arroyo se me hizo 
húmeda y marrón; de un tajo le abrí el vientre a uno 
que cayó al suelo desangrándose; corrí hacia el jardín. 
Me vino a la mente el laberinto y el minotauro, ¿dón- 
de arraiga el miedo?, ¿es por el laberinto del cual no 
hay esperanzas de salir o del monstruo que trae la 
muerte?, ¿o es el miedo al miedo?, ¿el verdadero labe- 
rinto está en el temor? Y el jardín se transformó para 
mí en un laberinto; resultaba imposible salir de él, ca- 
recía de límites y atrás la casa; ellos que caminaban 
lento hacia mí, algunos mutilados, otros cosidos de 
cicatrices, sus manos traían algo que brillaba, mira- 
ban con ojos perdidos en la nada y fue en la nada en la 
que me perdí. 


EL BOSQUE DE LAS PAVURAS II 


Mientras tanto me abrigo en la oscuridad 
evitando el sol voraz de sucia playa terminal 
verano radiactivo 

sudor derramado por el calor de los recuerdos 
una despedida que ni siquiera fue un adiós 

El calendario es un esclavo que nos acompaña 
mientras tanto le servimos bajo constelaciones 
no muy propicias 

indiferentes desde su signo astral galaxia 
desde el Bosque de las Pavuras nos proyectamos. 


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El agobio, peor que el hastío, aprieta y 
no quedan suspiros de rosas ni aromas silvestres 
bajo su yugo seguimos 

privados sin duda por la extorsión de la rutina 
y la piel sumergida en el espacio existencial 

Y cuando el amor llama a las puertas 
del corazón lo blindamos, sí, lo suficiente, 
y son horas muertas 

las que sembramos como flores de vidrio 
abriéndonos tajos de angustias, filosas saudades 

Como fugitivos escapamos buscando carreteras 
que nos conducirán a nuestra propia estación 
y si se cree ke 

la esperanza no nunca es perdida jamás 
no hay mayor ilusión aunque sea la que sostiene 

La promesa, un pájaro que emigra, va 
conociendo la sonrisa del día, el aire el mar 
de los ojos ilusionados 

la noche oskura de la mentira, ¡oh, nostalgia! 
recuerda la espera la entrega el profundo suspiro 

Mientras tanto juego a los dados con mi sombra 
y mi desesperación es el vicio que pone las reglas 
quién apuesta la pasión 
para ganarla y hacer de ella un maniquí 
askeada de sueños de yeso gastados 

Cierta noche llegaron fantasmas de suicidas 
cuyo motivo fue el amor y requisaron e 
hicieron una pesquisa 

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buscando información para calmar sus furias 
la monótona canción que en vida los enamoró 

Hallaron ruinas escombros de mis experiencias 

y se apiadaron de mí los nadies, mengues, 

nada original excepto 

una tarde violeta de invierno guardada 

en un libro de poemas de 1998 espectral como ellos 

Se fueron mientras tanto la existencia pesa 
Sísifo subiendo su roca hacia la cuesta 
una lápida de caracteres 
del futuro, una lengua universal que nadie 
podrá descifrar el hechizo del amor violento 

Mentir lastimar y herir son voluntades 
inspiradas por deidades de ojos tristes 
hadas oscuras eón infuso 
o el alma de cada ser o su sinrazón algo 
que los anima como insectos dañinos 

Hacen sus nidos en el vientre y mientras 

devoran el corazón lo laceran en laceria 

escrachan pensamientos 

hasta hacer de ellos cadáveres insepultos 

su progenie se derrama en larvas llamadas palabras 

La fiera feroz de la rutina toma la forma 

de una tumba, atrae seduciendo igual que 

los ojos de la amada 

pero a veces es más fuerte, antigua voz 

de sirena la rutina tararea una mortal canción 


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En el silencio la oigo palpitar y me duelo 
ella también tendrá su vértigo, sueños 
el dolor es la sombra 
su amor será intolerable como una fiebre 
llorará en los lugares menos esperados 

Mientras tanto voy sufriendo estas horas 
las que fueron las por venir derrotado 
rodeado de un vacío 

repleto de cosas que la reflejan: espejos pretos 
sé que la noche me está buscando mientras tanto. 


Mientras tanto la efímera brisa desliza 

sus aromas de antaño, o eixao sozinho 

es un trozo de estaño 

bajo la flagelación del sol de estío ozono 

carente, tu cuerpo es un río que desea brazos 

El mundo es uno solo y te lo pierdes 
porque no te han dado la receta exacta 
una mañana 3 madrugadas 
conquístese el aire y la quintaesencia 
con un ramo de flores radiactivas glaucas 

Deslizadores del tiempo hechos arena 

órbitas que deslumbran la oscura noite 

la ke me está buscando 

el deseo feroz ahogado entre nieblas 

de agosto agudo quedarán restos primaverales 


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Lucero lucífero luzbel hacia el oeste monta 
el cielo como carnero copulando en sua dor 
tus ojos tu silla de ruedas 

mental, tus labios de piedra, tu mano enguantada 
el intersticio entre el Bien y el Mal 


FIN 


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Tndice 


El imponderable Señor Azul 5 

«La verdadera historia de James Cook 
Y DEL POLEN DE VENUS» 17 

Cincuenta 23 

Dafne sin el llanto de Apolo 26 

Angeles Caínes 32 

Un adiós cercano 36 

Leyenda 40 

Visitando a la amada 42 

La última visita 44 

La habitación de los juguetes en llamas 46 

El ruido 47 

Viciosos 50 

El bosque de las pavuras 54 


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Í2| 

| Jy 

Obras publicadas 


ALMANAQUE 1997. Montevideo 
antiguo y su gente en imáge- 
nes. 

ANTOLOGIA DEL RETRETE. 
(Graffiti de los baños de 
mujeres). Andrea Blanqué. 
ARIADNA EN SU LABERINTO. 
Tres cuentos para estudiantes. 
E. Anderson Imbert. 
BIENVENIDA A LA MAQUINA. 
Femando Agorrody. 

COMO TEMBLOR DEL AIRE. La 
poesía de J. Gelman: ensayos 
críticos. Benedetti, Vilariño, 
Achugar, Uribe. 

CONTRA CUALQUIER MURO 
(los graffiti de la transición) . 
Eduardo Roland. 

CHINA Y EL COLAPSO MUN- 
DIAL DEL LENINISMO. 

Sarandy Cabrera. 

CLINICA EDUCACIONAL. 
Reflexiones desde la interdisci- 
plinariedad. M. Garbarino, H. 
Santini y otros. 

¿CULTURA URUGUAYA O 
CULTURAS LINYERAS? Abril 
Trigo. 

DE LA CREATIVIDAD Y EL 
NEO-KITSCH. Pere Salabert 
(Ensayo sobre Estética) . 
DELMIRA AGUSTINI. Nuevas 
penetraciones críticas. Uruguay 
Cortazzo, Coodinador. A. 
Cáceres, P. Varas, A. Gil, S. 
Molloy, G. Renart, G. 

Kirpatrick. 


- DEMOCRACIA Y ECOLOGIA. La 

política de la gestión ambiental. 

E. Gudynas, H. Gatto, A. 
Santandreu y otros. 

- DERECHOS HUMANOS Y 

DICTADURA TERRISTA. 

Rodolfo Porrini. 

- DROGAS. Clínica y psicopatolo- 

gía del uso indebido de 
sustancias psicoactivas. Juan 
Triaca y Artigas Pouy. 

- ECOLOGIA, MERCADO Y 

DESARROLLO: Políticas 
ambientales, libre mercado y 
alternativas. Eduardo Gudynas. 

- EN NOMBRE DEL SEXO 

MASCULINO. Ornar Freire. 

- EL ARQUITECTO. Pedro Figari. 

Poesía. Reproducción facsimilar 
de la edición de 1928, París. 
Contiene 360 viñetas del autor, 
especialmente preparadas para 
la edición original. 

- EL PALACIO DE LA RISA. 

Germán Marín. (Novela). 

- EL RECETARIO DE LA 

MEMORIA. Sebastián Elcano. 
(H. García Robles, segunda 
edición). 

- EL COMPLEJO DE PROSPERO. 

F. Arocena y E. de León. 
(J.G.Merquior, R. M. Morse, S. 
Schwartzman, L. W. Vianna). 

- EL DUELO. Duilio Luraschi. 

Cuentos. 

- FIERA DE AMOR. La otra 

muerte de Delmira Agustini. 
Guillermo Giucci. 


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- HISTORIA DE LA IZQUIERDA 

URUGUAYA (1919-1923) Tomo 
III. Femando López 
D’Alessandro. 

- LA LUZ ES UN ABISMO. Olga 

Orozco. 

- LA MODERNIDAD Y SU 

DESENCANTO. Felipe Arocena. 

- LA REVOLUCION ESTAFADA. 

(P.C.U. y aparato armado), 
Sergio Márquez. 

- LA SEÑORITA BUSCATESOROS. 

(historieta bilingüe) . Beatrice 
Serna. 

- LAS TRANSNACIONALES Y EL 

CAPITALISMO URUGUAYO. 
Gustavo Arce y Daniel Olesker. 

- LOS INFIERNOS DE LA 

LIBERTAD. Daniel Iribarne. 
(Novela). 

- NAUFRAGIOS CELEBRES. 

Antonio D. Lussich. 

- SOLOS EN LA FUENTE Y 

OTROS CUENTOS. Leonardo 
Rossiello. 

- VERTIGO. (Cuentos) Duüio 

Luraschi. 

Cuadernos Didácticos 

- ALGODON, MAIZ Y OLIVO. 

Varenka Eloy y otros. Activida- 
des para la coordinación de 
Historia y Geografía I o C. B. 

- JUGANDO A LEER. Susana 

Agras y Josefina Barreira. 
Recomendado por la Inspección 
de Compensación. 

- EL REINO DESCONOCIDO. 

Elementos de Mineralogía. 
Rubén Elias. 


Poesía 

- ACERCA DE LA LIBERTAD. 

Ingemar Moberg. 

- ARCILLA PROHIBIDA. Alvaro 

Angel Malmierca. 

- ANTOLOGIA POETICA. Juan 

Gelman. 

- CUERPOS EN POSE. Roberto 

Appratto. 

- “CORAZON DE ROBLE: Teresa 

Amy. 

- DEL INSURRECTO. Sarandy 

Cabrera. 

- DIARIO DE LOS ULTIMOS 

DIAS DEL ARCHIPIELAGO. 
Sergio Altesor. 

- DESPRENDIMIENTOS. Sabela 

de Tezanos. 

- DONDE VUELA EL CAMA- 

LEON. Ida Vítale 

- EN LOS ABEDULES ESTA LA 

LUZ. Jan Erik Vold. 

- ELEGIAS COMPLETAS. John 

Donne (trad. Sarandy 
Cabrera. Segunda edición en 
julio de 2005). 

- ¿ESTARA NOMAS CARGADA 

DE FUTURO? C. Liscano. 

- FALSAS CRIATURAS. Julio 

Inverso. 

- GUETO. Roberto Mascaró. 

- HOMENAJES. Enrique Fierro. 

- LA SAVIA DUDA. Enrique 

Fierro. 

- MINIMA NATURAL DISTAN- 

CIA. Alberto Villanueva. 

- NOMENCLATURA Y APOLO- 

GIA DE LA CONCHA. Pancho 
Cabrera. 

- 8 ANTOLOGIAS PERSONALES. 

Poesía uruguaya en Suecia. 


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POEMAS SENTIMENTALES. 
Carlos Brandy . 

PAPELES DE VOLUSIO. 
Sarandy Cabrera 
POEMAS SIN TERMINAR. 

Góran Sonnevi. 

POESIA LIBERTINA. Pancho 
Cabrera. 

PUTA CICUTA e Intifada. 
Sarandy Cabrera. 

QUIERO VER UNA VACA. 
Enrique Fierro. 

QUIMERINOS. Sarandy 
Cabrera. 

SAGITRA ¿Quién ama a los 
niños pobres de Montevideo? 
Sinan Raug. 

SONETOS LUJURIOSOS Y 
PASQUINES DEL ARETINO. 
(Trad. de Sarandy Cabrera). 
SOBRE FUGAS Y PERMANEN- 
CIAS. Iris Sclavo Armán 
TEOREMA. Carlos E. Brandi. 

Ediciones 
de Juan Darién 

ANGEL DE MEDIANOCHE. 
Miniversiones y otros dioses 
menores. J. Dardo Villaverde. 
¿EL FIN DE LA HISTORIA? 
Francis Fukuyama. 

EL FIN DE LA TONTERIA. 
Miguel B. Alzamora. 
EVANGELIZACION Y CON- 
QUISTA. Julio de Santa Ana. 
LA CONQUISTA DE LO 
MARAVILLOSO: EL NUEVO 
MUNDO. Guillermo Giucci. 
DESPUES DE LA POLITICA. 
Ricardo Viscardi. 

ORO de la conquista versus 
DOLARES de la deuda externa. 
Sarandy Cabrera. 


- URUGUAY: ¿PAIS EN TRANSI- 

CION? Michel Boulet. 

- 5 RELATOS ESCOLARES. 

Concurso de relatos escolares 
de 6 o año B de la Escuela N° 
80, Brig. Gral. Juan Antonio 
Lavalleja. 

Poesía 

- ABREME LA PUERTA. Sergio 

Cassarino. 

- SOLEDAD BLANCA. Sergio 

Cassarino. 

- LA VIDA ES UN PENTAGRAMA 

DE OBSCENIDADES. A. Z. 
Armstrong. 

- LOS ROSTROS DEL AGUA. 

Eduardo Insua. 

Minilibros de Vintén 

- CENIZAS DE SUEÑOS. Iris 

Sclavo Armán. Novela. 

- DE LA RALEA DE LA VOZ. 

Alberto Villanueva. Poesía. 

- EL INVIERNO DEL ANGEL. 

Carlos Brandy. Poesía. 

- LA MEDICINA ALTERNATIVA. 

Aspectos éticos y jurídicos. 
James F. Drane. 

- EL PEON DE LA ESTANCIA 

SAN SEBASTIAN. Alberto 
“Beto” Cía. Poesía. 

- PALABRA ANTIGUA. Richard 

Piñeyro. Poesía. 

- EN CUANTO LLEGUE A PARIS. 

Eduardo de Souza. Poesía. 

- LIMERICK. El epigrama inglés. 

- FIN DEL CAPITULO RUSO. 

Cuentos. Antonio Alvarez Gil. 

- CITAS DE ARTIGAS. Selección 

y notas de Alfonso Fernández 
Cabrelli. 2 a Edición. 


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- HIROSHIMA. Elias Uñarte. 

Poesía. 

- RETRATOS DEL MERODEA- 

DOR y otros poemas. Teresa 
Amy. 

- MAS LECCIONES PARA 

CAMINAR POR LONDRES. 
Julio Inverso. Poesía. 

- LA LUZ DE ESTA MEMORIA. 

Ida Vítale. Poesía. Edición 
Facsimilar 50° aniversario. 

- VELOZ ETERNIDAD. Alfredo 

Fressia. Poesía. 

- SELECCION NATURAL. 

Enrique Fierro. Poesía. 

- UNA OSCURA PRADERA VA 

PASANDO. René Fuentes 
Gómez. Poesía. 

- LABIOS DEL PONIENTE. Jorge 

Ernesto Olivera. Poesía. 

Premio Intendencia Municipal 
de Montevideo 1999. 

- ATMOSFERAS. Poemas en 

Prosa. Federico Rivero Scarani. 
Mención honorífica I.M.M. 
1999. 

- DE MI PIEL ME SALGO. 

Poemas. Gladys Burci. 

- TABACO. Lalo Barrubia. 

Poesía. 

- MUJER EN CONSTRUCCION. 

Mariella Nigro. Poesía. 

- PROVIDENCIAS y otros 

cuentos. Dulio Luraschi. 

- LITURGIA URBANA. Nelson 

Díaz. Poesía. 

- NO SE DEVUELVEN ORIGINA- 

LES y otros cuentos. Justo E. 
Vasco. Humor. 

- INDIOS Y LATINOS. Utopías, 

ideologías, literaturas. 

Uruguay Cortazzo 

- ASEDIO A LA TERNURA. Silvia 

Prida. Poesía 


- EL MAR y EL CIELO SON 

IGUALES. Margarita Biescas. 
Poesía. 

- OBRA POETICA ESCOGIDA: 

Publicada & Inédita de 
Sarandy Cabrera. 

- PANEGIRICO DE LA OBRA DE 

UN AMIGO PINTOR. Damián 
Ibarguren Guathier. Breve 
ensayo sobre su pintura por 
Daymán Cabrera Sureda. 

- FALSAS CRIATURAS y otras 

obras. Tomo I. Julio Inverso. 
Segunda edición del primero y 
primera de DIARIO DE UN 
AGONIZANTE y VIDAS 
SUNTUOSAS. Premios M.E.C. 
año 2000. Prólogo de Daymán 
Cabrera. 

- PINTURA y CORAJE. Charla 

con el pintor Damián 
Ibarguren Gauthier. Osvaldo 
Alzamora de Artá. 

- MEMORIAS DE LA GUERRA. 

Recuerdos presentes de la 
guerra civil española (1936- 
1939). Elias Biescas Palacio. 

- EL PAIS DE LAS MUJERES. 

Karmar Dibrán. Poesía. 

- TRAJE DE NOCHE y OTROS 

SALMOS PARA VESTIR LA 
LUZ. Poesía Inédita. Obras. 
Tomo II. Julio Inverso. Prólogo 
de Luis Bravo. 

- SYNTERESIS PERDIDA. 

Federico Rivero Scarani. 
Poesía. 

- LA PIEL DESIERTA. Prosa. 

Mericy Caétano. 

- AGUA SALVAJE y LOS 

FURIOSOS PÉTALOS DE LA 
MUERTE. Obras Tomo III. 
Julio Inverso. Prólogo de 
Federico Rivero Scarani. 


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LA CAJITA DE DOÑA ASUNTI- 
NA. Lourdes Busakr Piccini. 
Cuento. Premio «Jóvenes 
toscanos en Uruguay». 
CUENTOS COMPLETOS. Prosa 
de Federico Rivero Scarani. 

Maxilibros de Vintén 

ILUSIONES, FRUSTACIONES Y 
ESPERANZAS DE LA IZ- 
QUIERDA. Ernesto Kroch. 
Ensayo. 

SERPIENTE. Sergio Altesor. 
Poesía. Premio Literario 
Municipal 1997. 

50 DIBUJOS DE EVA OLIVET- 
TI. Un obra para coleccionistas 
de una discípula del Taller 
Torres García. 

CUATREROS. Hoenir Sarthou. 
Novela. 


- VIGILIA SIEMPRE. Enrique 

Fierro. Antología poética 1962- 
1973. Primera edición en 
setiembre de 2002. 

- LAS MASCARAS DE DELMIRA 

AGUSTINI. Patricia Varas. 
Ensayo sobre la poética 
femenina en el Montevideo 
machista de comienzos del siglo 
XX. 

- NAUFRAGIOS CELEBRES. 

Antonio D. Lussich. (2 a edición 
revisada y ampliada con un 
mapa de ubicación) . 

- EL CLAN HOOK. Sergio 

Cassarino. Poesía. Mención 
1997, Intendencia Municipal de 
Montevideo. 

- FRASCOS ROJOS EN MALDO- 

NADO de Pablo Neruda. Dos 
sonetos inéditos. Incluye 
«Retrato heterodoxo» de 
Sarandy Cabrera y facsímiles. 


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Federico Rivero: 


Nace en Montevideo en 1969. Publicó «La 
Lira, el Cobre y el Sur» (1993), «Ecos de la 
Estigia» (1998), «Atmósferas» (Vintén Edi- 
tor, 2000) y «Synteresis Perdida» también 
en Vintén (2005). Participó en los discos 
compactos de poesía "Sala de experimenta- 
ción y trabajos originales" (Maldonado, 
2001); "Contextos y vocales" (Punta del 
Este, 2002). 

En la actualidad colabora con artículos y 
reseñas en las revistas digitales brasileñas 
Verbo 21 y Banda Hispánica. 

Según el docente y crítico literario Gerardo 
Ciancio, Federico Rivero pertenece a la 
"Generación M" (marginal) la cual incluye 
a los jóvenes poetas que comenzaron a 
publicar sus obras hacia finales del siglo 
XX en Uruguay. 



Vintén Editor 

www.vinten-uy.com 


ISBN: 978-9974- 7961-5-7 


978- 9974- 7961 - S - 7